De cómo la emoción trató de convencer al pensamiento de que hace falta un cambio en el comportamiento del ser humano moderno para acabar con el capitalismo

Y le dijo la emoción al pensamiento, tras mirar con sus ojos al mundo moderno y ver el dramático estado en el que se encuentran los hijos de la razón, que se estaba equivocando de camino:

La vida no es sufrimiento, pero el sufrimiento sí es vida y hoy, además, se impone como obligatoria y dramática forma de vida para millones y millones de personas en todo el mundo. No obstante, fijando la mirada en tu propio ombligo, intentas seguir viviendo -descontar tu tiempo- entre sonrisas, pese a que sabes, de sobra, que solo entre lágrimas sientes de verdad su paso, su peso. Que solo sintiendo como tuyo todo sufrimiento, podrás ser capaz de entender la necesidad de ayuda que tienen hoy todos aquellos que sufren -de múltiples maneras y mediante distintos procedimientos-. Huyes del sufrimiento ajeno para no tener que renunciar a tu propio júbilo”.

“Eso es cierto, emoción” –dijo a continuación el pensamiento-: “¿Pero qué puedo hacer yo para evitarlo, qué puedo hacer yo para cambiarlo, cómo puedo yo romper de un golpe con ello? Si yo solo soy un simple siervo: tu siervo”.

“No te lamentes, lucha. Que tu dolor no pueda vencer al dolor que te produzca el dolor ajeno. Que tu egoísmo no pueda con tu empatía. Que tus ansias de ser feliz no te hagan olvidar que hay en tu mismo mundo toneladas de dolor y sufrimiento. En tu mundo interno, y en el mundo externo. Que la injusticia no te sea indiferente. Que tu existir no se reduzca a una simple búsqueda de tu bienestar y del de los tuyos más tuyos. Se hará entonces luz de las tinieblas. De tus tinieblas, y de las del mundo. ¿Entiendes, pensamiento?””, le aconsejó ahora la emoción.

¿Y quién desea sufrir?”, le respondió nuevamente el pensamiento.

No es lo que deseas, es lo que sientes”, dijo convencida la emoción.

Yo no siento más que aquello que tú me dictas”, volvió a responder, una vez más, el pensamiento:

“¿Vas a ser tú, emoción, precisamente tú, la que ahora me dé consejos?, ¿Tú?, ¿la que da forma a las ilusiones y sueños que yo albergo, la que impone la conducta que yo manejo, la que circunscribe y cierra el sentido de la vida -y del mundo- que, a través de mí, el ser humano se da a sí mismo? ¿Vas a ser tú la que me diga que no he estado haciendo lo correcto? No es, amiga, ni lo que pienso ni lo que siento: es cómo lo siento. Y es que no hay pensamiento existencial -sueño, ilusión o proyecto de vida- que no esté condicionado por tus juegos emocionales, tus presiones vitales y tus sentencias sentimentales”.

¡Emocionante!”, pensaron ambos.

¡Ya quieren estos, otra vez, darme la vuelta como a un calcetín!, ¡Juro no oponer resistencia!”, se oyó finalmente, a lo lejos, exclamar al comportamiento.

Y millones de burgueses murieron de un infarto en ese mismo momento.

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Moraleja: La forma que tienes de vivir emocionalmente tus experiencias vitales, condicionada por tus propios códigos de interpretación internos, determina el modo que tienes de pensar la realidad que te rodea y te da forma, tanto a nivel subjetivo como a nivel del funcionamiento del mundo exterior. Mientras estos marcos de interpretación, impuestos en la mente del sujeto, a través del proceso de socialización, de manera violenta y sin posibilidad alguna de alternativa, estén sometidos a las demandas que son propias de las necesidades económicas del capitalismo, son las propias experiencias vitales las que arrastran a los sujetos a someterse al sistema, entre otras razones, porque éstos tratan de sacar de él un interés personal, crecer lo máximo posible en su escala social, legitimando con ello su estructura de clases y convirtiéndose así en cómplices necesarios del capital. 

Abandonar, pues, los hábitos de vida vinculados al consumismo/capitalismo como dador de sentido para la vida, basados en el “tener” y no en el “ser”, que otorga valor a las personas según lo que éstas tengan o hagan creer que tienen, y no por lo que son en sí mismas, como seres que buscan su autorrealización y la satisfacción de sus necesidades partiendo desde relaciones de cooperación y de solidaridad, es imprescindible para que el capitalismo pueda caer de una vez y para siempre.

Mientras los seres humanos que habitamos en el mundo capitalista, en su amplia mayoría, sigamos empeñados en dotar de una determinada carga emocional a hechos tales como la posesión de propiedades o el consumo, algo que a su vez sirve para que sigamos creyendo que las personas valen por lo que tienen y no por lo que son, mientras sigamos pensando, en consecuencia, que el éxito de la vida es aquel que viene determinado por la escala social consumista/capitalista, y que las personas de más éxito son aquellas que tienen más dinero y poder, aquellas que pueden acceder, por tener un alto poder adquisitivo, con mayor facilidad a todos los bienes y servicios que el mercado oferta, aquellas que representan la cara privilegiada de un sistema económico que, por la otra cara, genera hambre, miseria, pobreza, injusticias y frustraciones por doquier para millones y millones de personas en todo el mundo, jamás será posible que se produzca un verdadero cambio de sistema.

Porque, sin ello, ni lograremos cambiar la concepción que tenemos del mundo -y de nosotros mismos-, ni lograremos generar comportamientos diferentes, en los seres humanos, de los que el capitalismo les exige para su normal funcionamiento. Solo cuando nuestras emociones nos empujen hacia otorgar valor a otro tipo de conductas relacionadas con la solidaridad, la cooperación, la lucha por la justicia social, etc., será posible que el sujeto cambie -como de hecho pasa en quienes son verdaderos revolucionarios- su modo de ver el mundo y, con ello, sus comportamientos básicos ante el mismo.

El revolucionario, entre otras cosas, por ello, pasa de ser un siervo del consumismo/capitalismo a entregar tiempo y esfuerzo -en ocasiones hasta la vida- por la lucha revolucionaria contra el sistema:

“No creo que seamos parientes muy cercanos. Pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que en el mundo se comete una injusticia, somos compañeros, que es lo más importante” (Ché Guevara)

¡Ay, pues, si llegara el día en que la mayoría social hubiera dejado a un lado la emocionalidad, el pensamiento y el comportamiento propio del consumismo/capitalismo y hubiera abrazado la emocionalidad, el pensamiento y el comportamiento propio de todo verdadero revolucionario! ¿Cuánto tardaría en caer el sistema?

Con el cambio de sistema, además, y la instauración de un nuevo modelo económico basado en la solidaridad y la cooperación, ya sería, en adelante, el propio sistema el que, para su normal funcionamiento, demandaría sujetos cuya emocionalidad, pensamiento y comportamiento se basara en la solidaridad, la cooperación y la justicia social, es decir, sujetos antagónicos al sujeto propio de la emocionalidad, el pensamiento y el comportamiento capitalista. Con ello la derrota del capitalismo sería total, si es que llegarse a darse tal situación de verdad. 

La ética es también, pues, un campo de lucha para la revolución, tal vez, junto a la política, el más importante, a través del cual poder generar verdaderos cambios en el modelo económico y social, y poder así derrocar a este sistema injusto que aplasta a cada vez más millones de personas y que está llevando al propio planeta al borde de la destrucción. 

En esencia, el revolucionario, en el contexto de las sociedades capitalistas, es aquel que anticipa la ética que deberá ser propia del sistema que desea implantar: el socialismo.

No es que cambiando la persona individualmente se cambie por sí solo al sistema -tal y como propugnan algunos planteamientos idealistas propios de un individualismo extremo que no difiere en mucho del propugnado como norma de vida por el capitalismo-, es que la persona, el revolucionario, se anticipa al cambio de sistema, asumiendo como propios los valores éticos que son inherentes al normal funcionamiento de la estructura productiva propia del nuevo modelo económico, irremediablemente basada en la cooperación, la solidaridad y el apoyo mutuo, a diferencia de la competitividad, el egoísmo y el individualismo que, de modo antagónico a ésta, es propio del capitalismo. La ética del revolucionario es, pues, la ética del hombre nuevo que la nueva sociedad socialista, por exigencias de su propia estructura productiva, demandará. 

El revolucionario, dicho de otro modo, debe ser, ya en el marco del capitalismo, la viva imagen de lo que el hombre nuevo será en la nueva sociedad socialista que habrá de mandar al capitalismo, definitivamente, al basurero de la historia. 

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