Del 15-M al 25-M: Historia y análisis de un proceso destituyente en marcha

Momentos destituyentes vs momentos constituyentes

El 27 de febrero de 1989 una protesta popular contra las políticas de austeridad aplicadas por el gobierno de Carlos Andrés Pérez estallaba en Caracas (Venezuela), sucesos que han sido conocidos posteriormente como el “Caracazo”. Un día después, el 28 de febrero, el gobierno mandaba al ejército y a las principales fuerzas policiales del país a “controlar” la situación. El resultado: las cifras oficiales reportan 276 muertos y numerosos heridos, algunos reportes extraoficiales hablan de más de 300 personas fallecidas y 2000 desaparecidas.

4 de febrero de 1992, un grupo de militares ejecuta un intento de golpe de Estado en Venezuela contra el entonces todavía presidente Carlos Andrés Pérez. La intentona no logró sus objetivos y los rebeldes se rindieron. Entre los oficiales sublevados que comandaron esta maniobra se encontraba uno que, una vez consumado el fracaso del golpe, apareció ante las cámaras de televisión asumiendo toda responsabilidad y anunciando con un “por ahora” la incapacidad de los rebeldes para desalojar del poder al gobierno neoliberal y asumir la jefatura del estado hacia un proceso de transformación política de su patria: un tal Hugo Chávez.

6 de diciembre de 1998, tras haber pasado varios años encarcelado a consecuencia de su implicación en el mencionado intento de golpe, el comandante Hugo Chávez, al frente del movimiento Quinta República, consigue vencer sus primeras elecciones presidenciales en Venezuela. El 2 de febrero de 1999, en la toma de posesión como Presidente Constitucional, Hugo Chávez pronunció el siguiente juramento de ley:

Única. Juró sobre esta moribunda Constitución. Juro delante de Dios, juro delante de la Patria, juro delante de mi pueblo que sobre esta moribunda Constitución impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta Magna adecuada a los nuevos tiempos. Lo juro “.

En cumplimiento de dicho juramento, así como de sus promesas durante la campaña electoral, la constitución venezolana de 1999 se constituyó en la primera y única en la historia de Venezuela cuya redacción fue aprobada por el pueblo mediante el voto en el Referéndum del 15 de diciembre de 1999, recibiendo el respaldo del 71,78% de los votos escrutados (3.301.475), mientras que 1.298.105 votantes la rechazaron, siendo promulgada por la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela en Caracas, el 20 de diciembre de 1999.

Observamos aquí, perfectamente, en este ejemplo reciente de la República Bolivariana de Venezuela, todo un proceso histórico que va desde un momento claramente “destituyente” a otro momento popular y democráticamente “constituyente”. Todos los analistas coinciden en señalar el Caracazo como el momento en el que el cambio en Venezuela, desde la cuarta República a la quinta, vio la luz oficialmente, y en el intento de golpe de estado de 1992 el primer avance de Hugo Chávez en su escalada hacia la jefatura de estado en dicha república. El pueblo trabajador venezolano, que había explotado en aquel 1989, ahogado por el hambre, la pobreza, el desempleo, la miseria, la subida de precios, la exclusión social, y tantas otras nefastas consecuencias de las políticas neoliberales que le habían sido impuestas por los sucesivos gobiernos de la época, vio en aquel joven militar, capaz de alzarse contra tal orden de cosas y asumir sin miramientos ni medias tintas las consecuencias, una esperanza. Esa esperanza se acabó por convertir, una vez que se dieron las condiciones propicias para ello, y sustentada en la organización política, la lucha activa y en un proyecto de masas, se acabó convirtiendo en gobierno, y ese gobierno en una nueva constitución, la constitución del pueblo.

Estado español, proceso destituyente abierto

A la vista de los acontecimientos históricos que han tenido lugar en el estado español durante los últimos años, no es muy aventurado decir que nos encontramos, o al menos lo pareciera, en pleno proceso destituyente. Una etapa en la que el régimen del 78 se resquebraja en sus tres principales pilares básicos: el modelo territorial, la corona y el modelo político/económico.

En Mayo de 2010 el anterior presidente del Gobierno, el social-liberal Rodríguez Zapatero, daba un giro a su política económica e imponía una serie de medidas en sintonía con lo que, a su vez, le estaban imponiendo a su gobierno desde la Comisión Europea, el BCE y el FMI. Zapatero arrojaba así al estado español a una espiral de austeridad impuesta que dura hasta el día de hoy, y que luego el actual gobierno de Mariano Rajoy desarrollaría a pasos agigantados. No obstante, apenas un año después de aquellas medidas, la ciudadanía del estado español puso encima del proceso histórico su propio momento original destituyente: el 15-M.

No tuvo las trágicas consecuencias del Caracazo, afortunadamente, pero su origen fue similar: miles y miles de personas de todo el estado se lanzaron a las calles a decir ¡basta!, llenando las plazas con sus explosiones político-emocionales, reivindicando un espacio de la ciudadanía en la vida política del estado, asumiendo un papel protagónico en el desarrollo del curso histórico y señalando, con toda claridad, a los responsables de la situación a la que el estado español se había visto empujado: políticos capitalistas corruptos y banqueros corruptores. Además de otros grandes corruptores y corruptos que se habían visto directamente beneficiados por el fugaz crecimiento económico del estado durante la burbuja inmobiliaria y que ahora, una vez que aquella había estallado y sus consecuencias se estaban haciendo presentes, con toda crudeza, en la vida de los ciudadanos y ciudadanas de a pie, no solo se negaban a asumir sus responsabilidades, sino que estaban imponiendo que fuese el pueblo el que las asumiese.

La desesperación y el clásico pensamiento bipartidista que, como en Venezuela, había sido hegemónico hasta entonces en la mentalidad colectiva de la mayoría de ciudadanos y ciudadanas, llevaron a que el Partido Popular ganase las elecciones municipales, celebradas en pleno estallido del 15-M, primero, y, con mayoría absoluta, las elecciones generales, después. El pueblo, desde su desesperación, se había pegado un tiro en el pie, tirando tejas sobre su propio tejado, y poniendo el futuro del estado, es decir, su futuro como ciudadanos y ciudadanas, como trabajadores y trabajadoras, en manos de aquellos mismos a los que las plazas estaban señalando ya como responsables y culpables de la crisis y de todo lo que estaba pasando en la vida de las personas: desempleo, pobreza, desahucios, exclusión social, falta de oportunidades de futuro, etc. No tardaría mucho en darse cuenta del error, bastaron apenas unos meses.

Entre tanto, con el modelo político-económico en pleno cuestionamiento, con la población cada vez más alejada y desencantada de los partidos tradicionales y del modelo impuesto tras la mal llamada “transición”, con una creciente animadversión hacia la clase política y aquellos que se sustentan en ella, vía corrupción y puertas giratorias, para mantener sus privilegios de clase, dos acontecimientos importantes irrumpieron en la escena política española: el 20 de Octubre de 2011 ETA anunciaba el cese definitivo de su actividad armada; el 11 de septiembre de 2012 más de un millón de personas llenaban las calles de Barcelona para pedir independencia para Catalunya, algo que después se vería respaldado por la irrupción de Bildu en la vida política vasca como una de las principales fuerzas democráticas, y otros hechos similares.

Por otro lado, también en el año 2010 estalla el conocido como “Caso Noos”. Un caso de corrupción que implica directamente a la casa Real, y, en concreto, a Iñaki Urdangarín, yerno del Rey Juan Carlos. Las investigaciones sucesivas fueron poniendo a la mujer del Duque de Palma, Cristina de Borbón, Hija del Rey, en el centro de todas las miradas políticas, llegando a estar incluso imputada por su relación e implicación en dicho caso. Este asunto, junto a otros escándalos protagonizados por el propio Rey, sitúan a la Corona española en el centro de todas las dianas públicas, y su credibilidad entre los ciudadanos del estado se desploma. . De tal forma que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que depende de la Vicepresidencia del Gobierno, dejó de preguntar por la imagen de la Casa Real desde que la institución monárquica cosechó el primer suspenso de su historia en este sondeo. Ocurrió en octubre de 2011. En aquel barómetro de opinión la Corona sacó una nota de 4,8 puntos, casi medio punto menos que en noviembre de 2010, desde entonces no ha vuelto a preguntar. La imagen de la corona se encuentra en mínimos históricos y la opción de una República no parece ya ninguna quimera.

Finalmente, el 25 de Mayo de 2014, las elecciones europeas ponía encima de la mesa lo que ya era una evidencia desde hacía tiempo: el bipartidismo se hundía hasta niveles insospechados varios años atrás, y nuevas fuerzas políticas, en especial por la izquierda, resurgían o emergía con gran fuerza apoyándose en un discurso rupturista con el sistema y el régimen.

Tenemos aquí, a nuestro juicio, todos los elementos, de forma sucesiva, que nos hacen posible hablar de la existencia, en la actualidad, de un periodo destituyente en el estado español, o, cuando menos, de un periodo donde el régimen del 78, sustentado sobre la economía capitalista clásica, la unidad de España y la corona, se encuentra seriamente amenazado en su supervivencia. Un periodo en el que existe un cuestionamiento generalizado de dicho régimen. Casos de corrupción como el caso Bárcenas, la trama Gürtel, el escándalo de los ERE o de los fondos de formación en Andalucía, entre otros muchos, y por decir solo los más conocidos, no han hecho más que profundizar en esta situación. No obstante, lo que abre a partir de ahora es una incógnita, y, pese a lo dicho, nada garantiza que el proceso llegue a cerrarse con un momento “constituyente” como el que sí se dio en Venezuela, pero tampoco podemos afirmar, visto lo visto, y a tenor de todo lo dicho, que no llegue a darse.

Del 15-M a las elecciones europeas del 25-M

Así, el periodo que va desde el 15 de Mayo de 2011 al 25 de Mayo de 2014, apenas tres años, ha supuesto un auténtico terremoto político y social en el estado español.

De aquellas plazas llenas de gente, con su indeterminación ideológica y sus planteamientos, en muchos aspectos, más egoístas que comunitarios (personas movidas por la esperanza de una vuelta a aquello que el sistema les había prometido y luego les había negado, y no por un cambio de sistema en sí mismo), hemos pasado a un escenario en el que dicho movimiento parece haber canalizado hacia una alternativa electoral, o, cuando menos, que ya no es solo el frente de lucha en la calle el que se pretende conquistar mediante el trabajo de ese mismo 15-M y sus diferentes ramificaciones: Mareas, 25-S, 22-M, etc, etc. Repasando los programas electorales de las diversas formaciones que han renacido o nacido (electoralmente) a la luz de aquellos movimientos populares en las calles, la indeterminación ideológica, al menos en la teoría, parece también haber dado paso a unos planteamientos claramente de izquierdas y anticapitalistas, o, cuando menos, anti-austeridad. Además, el éxito de la movilización del 22-M, las conocidas como Marchas de la dignidad, que fueron capaces de concentrar, pese al silencio mediático y los intentos de criminalización, a más de un millón de personas en Madrid, versión extendida, mejorada y desarrollada de muchas otras movilizaciones anti-austeridad celebradas en dicha Ciudad desde el 15-M en adelante, ya mostraron también que algo estaba emergiendo, con fuerza, de la movilización popular. Que nadie dude que aquellas movilizaciones han sido claves en los resultados obtenidos, a la postre, por las diversas opciones de izquierdas que han concurrido a las elecciones, en especial IU y PODEMOS. El apoyo a la izquierda en las urnas ha reflejado, a la perfección, el gran apoyo popular con el que logró contar, tanto entre los participantes como entre quienes apoyaban la iniciativa desde sus casas, dicha movilización masiva, y ambos hechos han sido plenamente complementarios.

Por otro lado, los procesos separatistas se han intensificado y se han dotado de un amplio apoyo popular mayoritario, especialmente en Catalunya. La referencia al fin de la lucha armada de ETA que hemos hecho antes no es casual. Con el fin de dicha lucha armada, que el estado utilizaba como base para su estrategia represiva contra la izquierda abertzale en particular, y, por extensión, contra todo intento de apertura de un proceso soberanista en general (véase, por ejemplo, los casos del fallido Plan Ibarretxe en la Comunidad Autónoma Vasca o del propio nuevo estatuto de autonomía para Catalunya, lo que se escribió, se hizo y se dijo al respecto), la confrontación soberanista con el estado se ha llevado, exclusivamente, al plano de la arena política, y ahí, con el apoyo de sus correspondientes mayorías, el estado se ha encontrado ante un verdadero desafío que tiene difícil afrontar sin tener que recurrir al uso de sus tradicionales argumentos de fuerza, lo cual, a su vez, incidiría en un mayor apoyo popular a tales procesos y en un mayor descrédito del propio estado, profundizando en su crisis y en su etapa destituyente.

El próximo 9 de Noviembre, de hecho, fecha en la que está fijada la consulta catalana, podemos tener otras de esas fechas fundamentales en este periodo destituyente que venimos mencionando. Bien porque se celebre y el sí a la independencia sea mayoritario, bien porque el estado impida su realización y eso tengan directas consecuencias en la reactivación de la movilización y el proceso en las calles, así como en el descrédito del estado a todos los niveles, estatal e internacional. En Euskal Herria, por su parte, aunque parece ir en estos momentos un paso atrás de lo que acontece en Catalunya, las fuerzas soberanistas mantienen una presencia creciente en la vida política del país y, en el horizonte, se plantea un escenario similar al catalán. Todo esto, más que probablemente, no hubiera sido posible con una ETA activa y realizando atentados, principalmente por las condiciones de ilegalización a las que el estado había sometido, en base a ello, a la izquierda abertzale, pero también por el uso emocional que el estado, apoyado en sus partidos y sus medios hegemónicos, ha hecho históricamente de tales atentados para poner a la población, de forma casi irracional, en contra de cualquier intento soberanista y de las propias ideologías independentistas en sí mismas. Sin ETA activa, se está viendo, pese al intento desesperado por rescatar la sombra de la organización armada siempre que le es posible en su afán de criminalizar cualquier movimiento o hecho político que le resulte amenazador a los intereses del régimen, todo parece resultar un poco más sencillo. Pues pocas son las armas que el estado tiene para hacer frente a tales desafíos si se basan, exclusivamente, en la movilización política de masas y en los procesos democráticos de decisión colectiva.

Todos estos hechos se han visto reflejados, de una forma de otra, en los resultados de las elecciones del pasado domingo: En Hego Euskal Herria, EH-Bildu ha sido la fuerza más votada en el conjunto de los dos herrialdes (CAV y Nafarroa), en Catalunya, ERC ha conseguido rentabilizar el proceso soberanista y situarse a la cabeza de las elecciones, y en el conjunto del estado, además de producirse el mencionado hundimiento del bipartidismo, las fuerzas a la izquierda del PSOE, sumando a esas mismas fuerzas soberanistas, han conseguido cerca de cuatro millones de votos, superando en porcentaje, si se sumaran los votos de todas estas formaciones, a la fuerza más votada (PP). Además, partidos como UPyD, Ciudadanos o Vox, cuyo discursos se basa, principalmente, en un populismo de derechas que, en esencia, pretende sustentar y dar cobertura a los citado pilares del régimen del 78, han tenido unos resultados mucho peores de lo vaticinado por las encuestas (especialmente UPyD), mostrando así que su techo electoral difícilmente puede crecer por otro lado que no sea el electorado más ultra, tanto en lo económico-liberal, como en lo territorial-españolista. El 25-M ha venido a ser, pues, en lo político-institucional, lo que el 15-M fue en lo político-emocional.

El 15-M y los partidos xenófobos

No obstante, antes de continuar, es conveniente señalar un punto que nos parece significativo, pues es, a nuestro juicio, una de las principales victorias que el 15-M, desde su mismo origen, impuso en la agenda política del estado español y que, en vista de lo que ha acontecido después y de los propios resultados electorales de este 25-M, ha conseguido mantenerse. Tiene que ver con la relación entre emocionalidad y xenofobia, o, dicho de otro modo, con el no auge en el estado español de partidos xenófobos al estilo de los que han sacado unos más que preocupantes resultados en diversos países de Europa, en especial en países como Francia, Reino Unido, Hungría, los países escandinavos, y otros. Y no sería por falta de opciones políticas de este estilo concurriendo a las elecciones en el estado español (Falange, La España en Marcha, etc.).

La historia nos ha mostrado que las épocas de crisis son épocas propicias para el ascenso de partidos populistas de derechas, xenófobos, ultra-nacionalistas o directamente fascistas/nazis. Fromm y otros autores analizaron con detenimiento dicho fenómeno aplicado al periodo de entreguerras. Ahora, por desgracia, en Europa parece volver a darse un periodo de características similares a aquel y en el que, en consecuencia, empiezan a irrumpir con fuerza este tipo de movimientos que promueven el odio y la violencia contra el extranjero (así como contra homosexuales, gitanos, rojos, y demás elementos “impuros” ante los “ojos de Dios”). Poblaciones que se sienten inseguras y ven perder las pocas conquistas sociales que antaño tenían y que se enfrentan a un futuro sin esperanza y desolador, asustadas y dispuestas a aferrarse a cualquier movimiento que les prometa, en base a cuestiones emocionales tales como la nación, la raza o la identidad nacional, una segura salvación de sus problemas. El mensaje suele ser, antes que nada, emocional: prometen seguridad, dignidad, estabilidad frente a los ataques de las fuerzas enemigas, y, sobre todo, la estrategia sado-masoquista de desviar la atención y la culpabilidad hacia aquellos que son considerados como “inferiores” (inmigrantes, etc.). Las personas asumen así un papel de superioridad frente a esos “chivos expiatorios” y se siente saciados en su voluntad de poder, recobrando cierta seguridad emocional sobre la base de su supuesta dominación frente a esos “inferiores”, y ello, aderezado con los sentimientos emocionales que despiertan en ellos, por el sentimiento de “comunidad” que implican, conceptos como la patria o la nación, consigue hacer atractivos a estos proyectos populistas.

De hecho en el propio estado español, en Diciembre de 2008, y según un sondeo auspiciado por el CIS, un 80% de los españoles estaba a favor de introducir cambios en la política inmigratoria. Las nuevas circunstancias económicas del estado así lo exigían, aseguraban. Lo que en años atrás no dejaba de ser un problema menor en el ámbito sociológico y/o cultural, con el estallido de la crisis se había convertido además en una traba para el desarrollo económico de los ciudadanos españoles. Según este mismo estudio demoscópico, en consecuencia, casi la mitad de los españoles (45%) pensaba que la crisis afectaría por igual a “nacionales” que a extranjeros. Salvo, claro está, que a los españoles nadie querría expulsarlos del territorio. En cambio, poco más de otro tercio (36%) apunta más hacia la idea de que serán los extranjeros quienes con más dureza tuvieran que afrontar las consecuencias de la recesión económica. Aun así no se tenía compasión con ellos: era necesario endurecer la política inmigratoria. En fechas recientes el gobierno de ZP ya se había sumado a la orgía: modificación de la ley de extranjería (en connivencia con el PP) para poner fin a las reagrupaciones familiares en cadena, endurecer las sanciones administrativas a los ilegales y potenciar las expulsiones.

La percepción general, aquella con la que los encuestados justificaban la  necesidad de este endurecimiento legal, nos decían que en la situación de aquel momento los inmigrantes estarían,   mediante el envío de remesas, beneficiando más a sus países de origen (45%) que a la propia España (27%) o a ambos países por igual (28%), mientras que lo que se debería hacer es beneficiar siempre en primer lugar a España (67%). De ahí la necesidad del cambio. Expulsar a los inmigrantes, cargar sobre ellos el peso de las circunstancias económicas y el endurecimiento de la ley, siempre resultaría más útil para el poder establecido que incitar a la población a hacer una reflexión profunda acerca de cómo funciona el sistema económico en el que vivimos, quiénes han sido los responsables del derrumbe, por qué causas estamos metidos en esta crisis y quiénes son los que siguen, a pesar de todo, siendo los grandes beneficiados en esos tiempos convulsos. El rostro del inmigrante ha de ser transparente y público en todo momento, para que sepamos en que instante sus intereses laborales y/o económicos pueden chocar con los nuestros. El rostro del banquero avaricioso que se ha jugado nuestros ahorros en Wall Street y los ha perdido,  mejor dejarlo tras las sombras. Endurezcamos por tanto las políticas inmigratorias, acabemos con la libertad de movimiento para el trabajador extranjero, pero dejemos en paz, por favor, al capitalismo y su libre circular de grandes capitales desde unos paraísos fiscales a otros, su libre circular de mercancías desde unos países a otros, especialmente desde los países colonizados del Sur a los desarrollados y colonialistas del Norte. No vaya a ser que los burgueses se nos enfaden y nos despidan a todos.  Ese parecía ser el mensaje que poco a poco iba calando en la ciudadanía en aquellos primeros momentos de la crisis.

De hecho, estos fueron los momentos en los que xenófoba Plataforma por Cataluña tuvo su auge en aquella nación, teniendo ramificaciones en otros diferentes territorios del estado. También fueron los momentos en los que el Partido Popular de Catalunya, en competencia directa con PxC, hizo suyo el discurso xenófobo y populista más agresivo, llegando incluso a presentar durante una campaña electoral un video juego en el que, directamente, de disparaba contra inmigrantes. El discurso de la xenofobia y el racismo, el discurso del odio al inmigrante, parecía estar en pleno auge y constituirse en una seria amenaza para el futuro político del estado, especialmente en aquellos territorios donde más cantidad de migrantes extranjeros habían llegado durante los años de “bonanza”. Y ahí que, de repente, irrumpió el 15-M.

El 15-M fue, desde un primer momento, un movimiento de tipo emocional; una explosión emocional a gran escala en el que los participantes se sentían verdaderamente emocionados por estar siendo actores directos de todo aquello, donde, tal vez por primera vez en mucho tiempo, eran ellos y ellas los que estaban tomando las riendas de su futuro, siendo actores políticos en primera persona, moviendo, de alguna manera, el hilo del curso histórico. Es emoción se reflejaba en sus caras, en sus propuestas, y en muchos otros aspectos. Pero aquella emoción también apuntaba hacia unos enemigos claros: “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, se dijo. Es decir, el enemigo ya no era el inmigrante, el enemigo pasaba a ser, desde ese momento, el político corrupto, el banquero usurero, el empresario explotador y corruptor. Aquel mensaje caló hondo entre la ciudadanía, tanto los que estaban en las plazas, como los que seguían todo lo que acontecía desde los medios de comunicación. De tal modo que hasta los partidos populistas de derechas trataron de apropiarse de él y hacerlo suyo, en todo o en parte, para la defensa y desarrollo de sus intereses políticos. Así, esta irrupción emocional del 15-M logró situar las dianas hacia otros objetivos emocionales que ya no eran los inmigrantes (“el enemigo no viene en patera, viene en limusina”, se podía leer en una de las muchas pnacartas que adornaban las plazas aquellos días), y el mensaje de unidad frente a los poderosos que habían causado la crisis, si bien en ocasiones con tintes de anti-política (lo cual puede ser también, en determinados usos, un referente fascista), es decir, políticos y banqueros, impedía que se pudiera centrar el discursos de las culpas y responsabilidades por la crisis en los inmigrantes y otros grupos a los que se pudiera calificar como “inferiores”. Desde entonces esta situación no ha variado. La inmensa mayoría de la población sigue responsabilizando a políticos, banqueros y empresarios corruptores del estallido de la crisis, y los discursos xenófobos, así como el auge de esos partidos xenófobos, se fue desvaneciendo poco a poco, al menos con las características que son propias del populismo que ahora ha crecido tanto en Europa. Y es que mientras ese espacio emocional, esa capacidad de hacer que la gente se emocione con la esperanza de cambios y con hacer pagar a los culpables por sus responsabilidades en la crisis, esté volcado hacia la izquierda, el populismo de derechas, con su mensaje emocional basado en el odio hacia el “inferior”, etc., lo tiene complicado para abrirse un hueco entre quienes ya tienen ocupado ese espacio por otras ideas emocionales que señalan a los culpables no en los inmigrantes, sino en los políticos corruptos, en los banqueros, etc.

La irrupción de PODEMOS en el escenario político

Así, de la misma forma, por las mismas razones emocionales, la irrupción de PODEMOS en el escenario político español puede ser juzgada, de alguna manera, en esas coordenadas emocionales. “No me emocionaba tanto con la política desde el 82” o “nunca había sentido tanta emoción por la política”, han sido algunas frases que, según los dirigentes de PODEMOS, se han escuchado, día tras día, durante la celebración de los diferentes actos de campaña impulsados por esta nueva formación política, que en solo cuatro meses de vida ha logrado obtener cinco europarlamentarios y más de 1.200.000 votos. Desde luego, parece que, cuando nos contaban esas anécdotas, con esas frases, en los actos, no nos estaban mintiendo.

PODEMOS, de alguna manera, al presentarse con alternativa al bipartidismo, como opción de gobierno, como actor político participativo que necesita de la participación colectiva para derrotar al casta y al régimen, así como para ir contra aquellos que se benefician de este sistema injusto y cruel mientras el pueblo pasa hambre y miseria, ha logrado canalizar parte de esa explosión emocional que supuso el 15-M hacia el frente político-electoral. Es normal que quienes en su momento criticaron al 15-M ahora también critiquen a PODEMOS, porque, en esencia, se nutren de una naturaleza histórico/política bastante similar.

Personalmente, gente como Errejón o Monedero me inspiran toda confianza, y Pablo Iglesias me parece un tipo de lo más inteligente, políticamente, que puede haber. Además de un comunicador de primera. Saben dónde pisan y solo hay que ver cómo han gestionado estos resultados. Donde cualquiera se hubiera vuelto loco propugnando su éxito, dándose golpes en el pecho, ellos han dicho “es un fracaso, no hemos conseguido echar al bipartidismo“. Control de la emocionalidad y manejo excelente de la racionalidad política, y en unos momentos así, eso no es fruto de ninguna casualidad. Máxime cuando es bastante posible que ni ellos mismos imaginaran semejantes resultados, pero ni de lejos, lo cual, al conocerlos, les podía haber vuelto la cabeza “del revés”, pero no. Se nota que antes que políticos son politólogos. Que llevan años estudiando los procesos políticos en América Latina. Que han sido asesores de gente como Chávez, Maduro, García Linera, etc. Que manejan a la perfección la teoría gramsciana de la hegemonía, en el discurso y en la praxis política, y que, de momento, no tienen ansias de poder, sino de acumular fuerzas y sumar pueblo a su proyecto para ser verdadera alternativa al bipartidismo, al estilo de Syryza en Grecia. Que sí, que se les podrá calificar de “izquierda líquida” y lo que se quiera, pero la gente, además de soluciones (que siempre suelen ser lo último en llegar), también necesita ilusionarse, emocionarse, sentirse partícipes del proyecto, sentirse diferentes de la “casta”, ser, en definitiva, actores políticos. Eso es lo que logró el 15-M en su momento, y eso es lo que ahora, tres años después, ha logrado PODEMOS llevar a ls urnas, en forma de más de un millón de votos y, finalmente, la apertura de un escenario imprevisible en el que ya se habla abiertamente de confluencia de las “izquierdas”, donde parece que los propios votantes de izquierdas empiezan a pensar que es posible ser alternativa al bipartidismo y no meras comparsas electorales, donde, de alguna manera, se abre una situación que bien podría llevar a ese escenario constituyente del que hablamos al principio.

De hecho, las referencias al proceso constituyente son una constante en el discurso de los principales líderes de PODEMOS desde hace tiempo, así como de algunos sectores, muy cercanos a IU, como el frente Cívico. Obviamente, para llegar a un escenario así estamos todavía muy lejos y es tan factible, a mi parecer, tanto que todo quedara en agua de borrajas, desvaneciéndose como un azucarillo, no pasando más allá del mero “espectáculo”, como que pudiera llegar a darse una concreción de tal momento, bien por una victoria electoral de los partidos de izquierda a la izquierda del PSOE, bien, incluso, por un proceso constituyente en sí mismo, al estilo del de Venezuela en 1999. Desde luego, para un escenario así, la confluencia de toda la izquierda sería imprescindible, y no solo de la izquierda estatal. La izquierda soberanista también debería aportar su contribución al proceso, teniendo en cuenta que, con ello, el reconocimiento al derecho a decidir, que ahora mismo paraliza la constitución del 78 y su autoproclamada “indisoluble unidad –y metafísica- de la nación española”. Sería, pues, el momento destituyente definitivo para los tres pilares que sustentan el régimen, y el surgimiento de un momento constituyente en el que todas las izquierdas del estado pudieran verse reflejadas. El trabajo conjunto en pos de ese momento no se debe ver, entonces, tan improbable. De hecho, EH-Bildu no ha dudado en felicitar a PODEMOS por sus resultados, así como los principales dirigentes de PODEMOS no han dudado en defender, estos mismos días posteriores al 25-M, el derecho a decidir de todos los pueblos o la necesidad de avanzar en el proceso de paz en Euskal Herria. Guiños mutuos entre dos de las principales fuerzas en el actual escenario político, que no deben pasar desapercibidos, como no lo debe hacer los diferentes guiños lanzados desde distintos sectores de IU y PODEMOS en pos de la convergencia y la unidad de la “izquierda”.

¿Y Andalucía qué?

Pues Andalucía, como siempre, mal, tarde y a la cola. Tristemente. Desgraciadamente. El 25-M PODEMOS hizo en el estado español lo que la CUT, con el tirón mediático de Cañamero y Gordillo, y la simpatía general que han conseguido despertar en Andalucía, no se ha atrevido, no ha querido, no ha sabido o no ha podido hacer en Andalucía. Pero el escenario es muy similar. Valentía y ganas, por un lado, miedos y temores, por el otro. Esa es la principal diferencia.

Lástima que aquí, con el tirón mediático que han tenido el SAT y, en especial, sus líderes más “representativos”, no hayan sabido tener la valentía y la capacidad de análisis que sí han tenido ellos en el conjunto del estado, y en lugar de optar por confluir, desde fuera de IU, con movimientos ciudadanos, mareas, 15-M y demás gente que, en su momento, apoyaron las marchas obreras en Andalucía, en un proyecto de izquierdas, soberanista y popular, optaran, en su pasado Congreso, por seguir dentro de IU y someterse a la estrategia de dicha formación, en lugar de desarrollar una estrategia como la de PODEMOS, encabezando y desarrollando la misma, y tratado de rentabilizar, en lo electoral, toda la simpatía despertada por la lucha del SAT en las calles, su papel en el 22-M, y tantas otras cosas del estilo.

De momento, tal y como está el panorama, y en cualquiera de los escenarios posibles, parece que Andalucía, la defensa de sus intereses como pueblo, desde el análisis de su propia historia y su propia realidad socio/económica, se vuelve a quedar fuera de cualquier proceso político de cambio que se pudiera llevar a cabo. Y, aunque no descarto que si hay confluencia IU-PODEMOS, la CUT tenga en ella un mayor espacio, y mucha más visibilidad, de la que ahora tienen dentro de IU, no puedo evitar preguntarme, incluso si se diera un caso así, ¿visibilidad e influencia para qué?, ¿para ponerla al servicio de qué? Tengo mis dudas.

Aunque, como digo, cabe la posibilidad de que se incorporen algunos de nuestros dirigentes a, caso de darse, esa “confluencia de izquierdas” que se está tramando  (Monedero el mismo domingo ya hacía guiños al SAT, por un lado, y Diego Cañamero ha escrito este martes diferentes tuits llamando a la “unidad”), pero, como casi siempre, tarde, mal y a la cola, y con poca o nula capacidad para marcar una línea y sí, en cambio, para tener que aceptar la que venga ya impuesta por vía de los hechos. Más a poner su rostro mediático conocido al servicio de un proyecto que, una vez más, no es el proyecto del andalucismo consecuente, que a liderar o guiar nada. Es la impresión que me da, y espero equivocarme. Pero todo pinta que, pase lo que pase, incluso en el mejor de los escenarios posibles… otra vez la peineta pa´ Andalucía.

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