Doctrina de fe: Los mandamientos del sagrado Dios-Mercado

El consumismo-capitalismo ha venido a sustituir, desde una perspectiva funcional, a los antiguos y tradicionales modelos religiosos fundamentados en la existencia de una relación del ámbito de lo sagrado con lo sobrenatural (el Dios o los Dioses), remplazando tal relación por una nueva concepción de los elementos sacralizados acorde a la realidad histórica de nuestros tiempos, así como a las propias exigencias de conocimiento empírico/ilustrado demandadas por los sujetos actuales. Es la nuestra una sociedad que, pese a haber dejado atrás la figura de un Dios sobrenatural que ejerza como medidor de todas las cosas y que monopolice con su figura mitológica el ámbito de lo sagrado, sigue teniendo en última instancia una fundamentación sagrada, es decir, una fundamentación simbólico/estructural incuestionable y absoluta, a partir de la cual se consigue dar fundamento al funcionamiento mismo de la sociedad, así como a las relaciones sociales, políticas y económicas que dentro de ella desarrollan los individuos, con sus respectivas clases sociales, que la habitan.

En esta nueva sociedad religiosa consumista-capitalista una serie de ideas y conceptos, carentes de toda referencia a lo sobrenatural, han sido sacralizados como verdaderos Dioses y, como aquellos viejos Dioses de antaño, acaban también por determinar en última instancia el funcionamiento de la sociedad, así como el papel que dentro de ella juegan cada una de las diferentes clases sociales existentes. Estas ideas sacralizadas, estos nuevos Dioses modernos, están directamente relacionadas con aquello que Marx llamase la infraestructura, es decir, con la estructura económica que determina el funcionamiento de la sociedad y de la cual brotan los elementos estructurales y superestructurales. Marx afirma que la base económica, la estructura, determina una compleja superestructura política, moral, ideológica, que está condicionada por dicha base económica de la sociedad, es decir, por las relaciones de producción y de cambio. Para Gramsci esta es una afirmación de carácter gnoseológico, en el sentido de que indica el proceso a través del cual se forman las ideas, las concepciones del mundo que lo sujetos han de hacer suyas mediante su proceso de socialización y que, posteriormente, les servirán como referencia tanto para el pensamiento como para la acción, así como también, y principalmente, para la orientación de sus vidas dentro del marco sociocultural en el que les haya tocado en suerte desenvolverse. Son precisamente estas ideas de carácter económico -aquellas que con mayor claridad se presentan ante la psique de los individuos de nuestra actual sociedad como absolutas e incuestionables-, las que nosotros vamos a abordar como si de figuras divinas se trataran, en tanto que es a través de ellas que la sociedad se cohesiona en su ideología consumista-capitalista y, por tanto, donde con mayor eficiencia se garantiza la creación y reproducción de hegemonía, viniendo así a desempeñar, a nivel funcional, el mismo papel central que, para dicha función de creación y reproducción de hegemonía, desempeñase en el contexto de las sociedades religiosas tradicionales la figura del Dios omnipresente, omnisciente y todopoderoso.

La propiedad privada, el dinero, la racionalidad económica, las leyes del mercado, el consumo, son algunas de estas ideas que dan fundamento a nuestra actual sociedad gozando de un carácter absoluto e incuestionable. Son conceptos que viven adheridos al ambiente socio-cultural de nuestra época, representaciones que todos nosotros manejamos con unas connotaciones semánticas prácticamente idénticas, más allá de la interpretación que cada cual pueda darles. Todos estos conceptos han sido elevados al grado de absoluto por el actual modelo socio-económico imperante, así como dotados de un carácter sagrado que los coloca en el centro mismo de nuestras vidas, en tanto que éstas están determinadas por un proceso de aprendizaje cultural que los convierte en incuestionables. Sin embargo, todas las citadas hasta el momento no son más que el reflejo, las diversas caras, que presenta ante nosotros el gran Dios de nuestros días, el verdadero elemento sacro de nuestra sociedad consumista-capitalista, el auténtico elemento absoluto e incuestionable de nuestros tiempos: el -libre- mercado. He ahí, en el Dios-mercado, el nombre de nuestra máxima divinidad, de nuestro particular Yahveh, de nuestro Brahman, de nuestro Zeus; el que sería el equivalente al padre de todos los Dioses en las religiones politeístas, o al Dios todopoderoso, omnipotente y omnisciente en las religiones monoteístas. La figura central de la que se derivan, directa o indirectamente, todas las demás divinidades, la fuente de la que emana y en la que bebe todo elemento sacro. En palabras de Ludwig von Mises, uno de sus principales profetas:

La construcción imaginaria de una economía de mercado puro o sin trabas supone que existe división del trabajo y la propiedad privada (control) de los medios de producción y que por consiguiente hay un mercado para el intercambio de bienes y servicios. Se supone que el funcionamiento del mercado no es impedido por factores institucionales. Se supone que el gobierno, el aparato social de compulsión y coerción, intenta o se interesa en la preservación de la operación del sistema de mercado, se abstiene de obstaculizar su funcionamiento, y lo protege contra infracciones por terceros. El mercado es libre, no hay interferencia, de factores ajenos al mercado, con los precios, tasas de salarios y tasas de interés. A partir de estos supuestos la economía trata de dilucidar el funcionamiento de una economía de mercado puro. Sólo en una fase posterior, después de haber agotado todo lo que se puede aprender desde el estudio de esta construcción imaginaria, se vuelca al estudio de los diversos problemas planteados por la interferencia con el mercado por parte de los gobiernos y otras agencias que emplean coerción y compulsión.”

Unas construcción imaginaria, un producto del pensamiento humano, un ente cuya existencia en la realidad empírica no está demostrado ni podrá nunca estarlo, sencillamente porque, como elemento realmente existente, no existe. Lo cual no impide que el propio von Mises, al que, no por casualidad hemos catalogado como uno de los grandes profetas de la nueva religión consumista-capitalista, nos los presente en sus obras como  fundamento de la propia civilización. No de la civilización capitalista, no -como, efectivamente, es-, sino de toda civilización. De la misma manera que el cristianismo, como las demás religiones monoteístas, presenta a su Dios como único y verdadero, fundamento de toda civilización, incluso de aquellas que tienen otros Dioses a los que adorar y otras religiones mayoritarias. No es que sea el fundamento de nuestra sociedad capitalista, es que es el fundamento de toda civilización que se tercie. Lo sepan o no lo sepan, lo quieran o no lo quieran, otras culturas.

Un fenómeno de características metafísicas que se rige por sus propias leyes metafísicas, por doctrinas tan abstractas como la conocida “mano invisible”. Gracias a ella, según nos dejó escrito en su obra “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” otro de sus grandes profetas, Adam Smith, el mercado libre es capaz de coordinar por sí mismo los distintos intereses particulares y armonizarlos, resultando de esto una asignación óptima de los recursos y, en definitiva, el máximo bienestar de la sociedad entera. Los mercados sin trabas maximizan la libertad individual y son la única vía al crecimiento económico; la mano invisible se encarga de ello. Smith intentaba demostrar así la existencia de un orden económico natural, que funcionaría con más eficacia cuanto menos interviniese el estado. La mano invisible regula las conformaciones sociales y compensa los excesos por sí sola; es una especie de orden natural contra el que los seres humanos no deberían atreverse a ir. El orden natural debe prevalecer frente a la intervención de los hombres, hay que dejarlo hacer. Su funcionamiento descansa en un conjunto de mercados, definidos como toda institución social en la que los bienes y servicios, así como los factores productivos, se intercambian libremente. De esta forma se contestan las tres preguntas fundamentales que se plantean a todo sistema económico: ¿qué producir?, ¿cómo producir? y ¿para quién producir? La mano invisible nos da las respuestas. Los propios consumidores indican a los productores lo que debe producirse a través del funcionamiento natural de la economía guiada en su hacer por la mano invisible. La acción de la larga mano de esta nueva divinidad no requiere ningún fundamento moral, ella es la moralidad. El mercado el que se corrige a sí mismo; sin embargo, eso sí, debe haber instituciones encargadas de investigar y sancionar los comportamientos ilícitos contrarios al normal devenir del libre mercado, cual herejes que se atreven a nombrar a Dios en vano o, peor aún, cual impíos que se atreven a actuar en contra de su divina providencia.

El Dios mercado exige idolatría. Exige que se tenga una confianza plena en su funcionamiento, que no se cuestione jamás su naturaleza, que se le deje hacer lo que deba hacer, porque si tal cosa se hace se comprobará que nunca se equivoca, que siempre actúa con nobles intenciones, que tiene una bondad intrínseca por la cual es capaz de resolver satisfactoriamente todos los problemas de carácter económico que se le plantean a la sociedad en su conjunto y a todos y cada uno de sus ciudadanos por separado. Por supuesto, si así fuese necesario, si, en algún momento, se tuviese la percepción de que no está funcionando con la bondad y la efectividad que se le presupone, no se puede dudar de él, simplemente habrá que entregarle los sacrificios que sean necesarios para que, de esta manera, deje atrás su enfado con la actitud de los hombres, motivo por el cual, en forma de castigo, decide actuar negativamente sobre la sociedad y los hombres.

El Dios mercado es incognoscible, intocable, invisible, está en todas partes. Está por encima del hombre, de todos los seres animados y de la propia Tierra. Todo puede ser sacrificado en su nombre. La educación, la sanidad, la cultura, la vivienda, la alimentación, todo, absolutamente todo, incluso la propia vida humana. Por lo tanto, todos debemos ser temerosos de él, de desviarnos de sus mandatos, si no queremos que su divina providencia caiga sobre nosotros. Hay que rezarle y adorarlo, santificar todas las cosas en su divino nombre y no permitir que haya nada que pueda escapar de su acción divina. Nada existe ni puede existir fuera de él, él todo lo abarca. Quien ose desafiarlo, quien se atreva siquiera un instante a dudar en público de su existencia, de su palabra, de sus leyes y dogmas o de su naturaleza como Dios de amor y bondad, debe ser inmediatamente señalado por el resto de la sociedad, juzgado y condenado para el resto de la eternidad.  No admite descreídos ni ateos.

En su nombre, todo elemento social debe ser mercantilizado, incluida la propia existencia humana. Todo debe ser tratado como si pudiera ser comprado/vendido, como si solo la divina ley de la mano invisible tuviera la capacidad de regir, y llevar a buen puerto, las relaciones humanas. Los seres humanos deben dejar de ser fines en sí mismos, para convertirse en sujetos intermediarios de la voluntad de Dios, en medios que hagan posible extender su divina presencia a todos los ámbitos de la vida humana, en público como en privado. Toda relación social, del tipo que sea, debe regirse por la oferta y la demanda. Yo oferto algo, yo demando algo. Las demás personas me ofertan algo, me demandan algo. Debo buscar como hacer posible que mis necesidades sean cubiertas con aquellas cosas que ofertan los demás, así como que las necesidades de otras personas puedan ser cubiertas con aquello que yo oferto. Esa es la ley fundamental que me va a permitir estar en paz con el Dios mercado y, en consecuencia, que me hará posible tener una existencia acorde a su voluntad.

La mercantilización debe ir más allá de las relaciones económicas, debe ser parte, y fundamento, de la sociedad misma, extenderse hasta todas y cada una de las relaciones humanas. El mercado lo abarca todo, no solo el ámbito de la economía. De igual manera que un cristiano debía creer en Dios, y comportarse conforme a su voluntad, tanto dentro como fuera de la Iglesia, tanto en el espacio público como en el privado, el súbdito del Dios mercado debe creer en su sagrada figura, y comportarse según su voluntad, en todos los aspectos de su vida, y no solo en lo que se refiere a sus actividades o relaciones sociales de tipo económico. Será así, y solo así, como la sociedad en su conjunto se convierta en una manifestación de la voluntad del Dios-mercado. El comportamiento según lo que de nosotros espera el Dios-mercado debe estar presente en nuestras vidas las veinticuatro horas del día, con la concepción de nuestra existencia como un gran mercado donde la ley de la oferta y la demanda todo lo rige, todo lo abarca, porque así será como el Dios mercado podrá estar presente en nuestras vidas en todo momento, bendiciéndonos con su presencia.

Si en el ámbito de lo económico el mercado es el conjunto de compradores, reales y potenciales, que tienen una determinada necesidad y/o deseo, dinero para satisfacerlo y voluntad para hacerlo, los cuales constituyen la demanda, y vendedores que ofrecen un determinado producto para satisfacer las necesidades y/o deseos de los compradores mediante procesos de intercambio, los cuales constituyen la oferta, y, ambos, oferta y demanda, son las principales fuerzas que mueven el mercado gracias a la impecable y siempre acertada acción de la mano invisible, en el resto de nuestras vidas, en todo aquello que, en principio, quede fuera de nuestras relaciones sociales de tipo económico, tales deben ser también los principios que rijan nuestra existencia. Las personas con las que nos rodeamos no deben ser vistas como fines en sí mismos, sino como medios que nos han de conducir a la satisfacción de nuestros propios fines y, a cambio, debemos aceptar que el resto de sujetos nos presten a nosotros exactamente el mismo trato. Todo debe ser mercantilizado. Vender y comprar lo que se pueda vender y comprar, y, lo que no se pueda, tratarlo como si se pudiese. Todo lo que no tenga un precio, podrá, al menos, tener una función que nosotros podremos utilizar como medio para la consecución de alguno de nuestros fines. Y, de la misma manera, todo lo que en nosotros no pueda ser valorado mediante un precio, podrá, al menos, servir para que otras personas lo usen como un medio para la satisfacción de alguno de sus fines.

Así el Dios mercado todo lo rige, tal cual es su voluntad y la de sus profetas y sacerdotes, es decir, el sistema de enseñanza y los medios de comunicación capitalistas, que a diario, desde el mismo momento de nuestro nacimiento, se encargan de recordárnoslo.

El culto al dinero, la reverencia a la propiedad privada, en definitiva, la deificación del objeto material y consumista -cualquiera que sea-, es, seguramente, donde mejor se puede vislumbrar el teísmo omnipresente en nuestra actual sociedad occidental capitalista, en tanto que la reverencia al poderoso (al que tiene dinero o tiene el poder económico, social, político o militar) es la forma de culto por antonomasia en toda sociedad de clases, así como tal culto al poderoso ha sido la forma de culto que más y mejor ha ejemplificado en todas y cada una de las sociedades habidas y por haber la esencia religiosa de la misma.

Por otro lado, aunque estrechamente relacionado, nuestra actual sociedad ha sacralizado el modo de producción capitalista, planteándolo como único modelo viable para la creación eficiente de riqueza, frente a los obsoletos modelos dados en otras etapas anteriores de la evolución social, o a los utópicos y fracasados modelos presentados como alternativos a éste por las ideologías políticas de izquierdas. Según Fukuyama, otro de los grandes profetas de la nueva religión: “En contra de lo que dice Marx, el tipo de sociedad que permite al hombre producir y consumir la mayor cantidad de productos sobre la base más igualitaria no es una sociedad comunista, si no una sociedad capitalista”.  Es, claro, la forma que tiene nuestra sociedad de sacralizarse a sí misma, de convertir su orden socioeconómico en absoluto e incuestionable desde la misma base simbólica que ha de regir su funcionamiento. Toda religión, huelga decirlo, se presenta a sí misma, frente a sus “competidoras”, como la única verdadera. Esta es la forma que la religión consumista-capitalista tiene de hacer tal cosa. En el momento en que otorga carácter incuestionable al modo de producción que la sustenta, lo que en la práctica está haciendo es presentarse a sí misma como la única verdadera. Da igual que existan otros modelos posibles, solo en este modelo capitalista podemos encontrar la verdad. Todo modo de producción que no sea el capitalista es, según doctrina de fe, ineficiente y, en consecuencia, está destinado al fracaso. Solo hay un único y verdadero Dios, el Dios-mercado, y, por tanto, solo hay un único y verdadero modo de producción, que no es otro que aquel que lo representa: el capitalismo.

Y no se atreva usted, por supuesto, a cuestionar algunas de estas ideas sacralizadas, porque directamente pasará a ser un proscrito para el sistema, un hereje, un ateo, un impío, un subversivo y peligroso individuo al cual se le hará caer encima todo el poderoso peso de la presión social de sus conciudadanos, y, por supuesto, si llegase el caso y eso no fuese suficiente para hacerle cejar en su empeño, tenga ojo con la ley, pues el consumismo-capitalismo también tiene su propia inquisición: los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, los tribunales de orden público y los parlamentos burgueses que legislan según el gusto del Dios mercado consumista/capitalista, que para algo financia sus campañas.

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