Indiferencia ante la indiferencia

1

“Pasaba la vida abrumado por la vergüenza que sentía al saber que allá afuera el mundo era injusto y yo un completo indiferente. Ahora la paso abrumado porque la injusticia se ha ensañado conmigo, pero, al menos, ya no siento vergüenza. He aprendido a no ser indiferente. Ahora lo que me atormenta es pensar cuánto tiempo me mantuve alienado por el falso futuro de mis propias ilusiones, ficticias ilusiones, siendo indiferente ante el sufrimiento ajeno y engañado, sobre todo engañado, en la defensa de unos intereses que no eran los míos. Pensar en todo ese tiempo en el que me mantuve sobreviviendo sin ser consciente de que mi propio futuro iba de la mano del presente, dramático y sufrido presente, de esos a los que no quise ver como iguales, de esos con los que no fui capaz de aprender que mi indiferencia era para ellos garantía de perpetuación de su sufrimiento. Así que ahora el que sufre soy yo, y ellos siguen sufriendo. Ahora yo sufro con ellos porque soy parte de ellos. Siempre lo fui en realidad, aunque no quisiera verlo. Fin”.

2

Emocionado, apagó la radio y volvió a sus quehaceres diarios, con la esperanza de que aquello que había escuchado narrar al locutor de su radionovela favorita, no le ocurriese jamás. No lo soportaría. Todo su mundo, su identidad, el sentido de su vida, desaparecería. Sería como tener que empezar a crear un mundo ex nihilo. ¡Un mundo de la nada!, ¡él! que nunca aspiró a ser su propio Dios creador.

Horas después se dispuso a salir de casa de sus padres, hogar familiar al que había tenido que regresar, junto a su esposa e hijos, tras perder el trabajo, ser desahuciado y no tener siquiera para poder pagar un alquiler con el que tener derecho una vivienda en condiciones.

Ese día le tocaba firmar el paro y allá fue, destruido por la tristeza, vacío, destrozado emocionalmente y sin orgullo de ningún tipo que poder sacar a acompañarle en su caminata callejera hasta la oficina del INEM, recordando esas palabras de la radio. Pensando, no obstante, que aquello todavía era algo que le quedaba muy lejano, mera ficción radiofónica. Aferrado a su indiferencia, abrumado por su indiferencia. Parado, lo que de verdad se dice parado. El dolor ya era su compañero desde hacía meses, la conciencia seguía sin encontrarla. ¿Cómo iba a poder él sacarla de la nada?

Al caer la noche, al menos, en 13Tv le daban algo de consuelo y esperanza: tal vez fuese verdad todo aquello que los tertulianos más exaltados aseguraban, eso de que algún día no muy lejano todo cambiará, la economía se recuperará, la crisis acabará y estos meses pasados solo serán para él el mal recuerdo de una mala pesadilla.

3

“¿Todavía sigue usted siendo indiferente ante la indiferencia?”, preguntaba a la mañana siguiente el narrador de su radionovela preferida al recordar el capítulo del día anterior.

Pero ni por esas. La radio solo era un pasatiempo, una distracción. Una ficción, una voz en off y lejana con la que olvidarse por unos instantes de su situación, de sus problemas. El programa de debate de la noche en televisión, en cambio, ese sí que era real como la vida misma. Llenito de indiferentes que inducen a la indiferencia con la indiferencia que ellos mismos representan, a cambio de un sueldo pagado por aquellos otros no tan indiferentes ante la realidad social a los que la indiferencia les permite no tener nunca que pasar por todo aquello que él estaba pasando ahora, esa es la realidad.

Y luego a dormir y a esperar, con sus cuarenta y muchos años, a que algún día, al despertar, los vaticinios y promesas de esos indiferentes se cumplan.

4

Pero nunca se cumplieron, antes llegó su final. Otro suicidio anónimo. Otro drama.

Otra nefasta consecuencia de la indiferencia ante la indiferencia que los indiferentes promueven como única forma deseable de afrontar la vida en tiempos de crisis existencial.

Ni la creencia en ese Dios del cielo del que siempre se confesó apasionado, logró salvarlo de su propia indiferencia. Era tal el dolor que ya no pudo seguir soportándolo.

5

Ahora su mujer y sus hijos le lloran desconsolados, y, ellos sí, al fin comprendieron, desde su dolor y su drama cotidiano, que uno no puede seguir siendo indiferente cuando la injusticia se convierte en un elemento fundamental en la institución diaria de la sociedad.

Ellos ahora sienten también el dolor, pero, como el protagonista de la radionovela que tanto gustaba a su padre, la conciencia social, la certeza y el ánimo de no volver a ser nunca más indiferentes ante la injusticia, también la encontraron.

6

Lástima que su padre no pudiera encontrarla antes de acabar como tantos otros miles, en iguales circunstancias, arrojados al vacío y a la nada. Lástima que todos, todos los indiferentes ante la injusticia, no la hubieran encontrado antes.

Mucho antes, hace siglos.

Lástima.

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