¿Nacemos muertos?

Anoche la vi pasar. Caminaba despacio, parecía aletargada, como si ya estuviese dormida. Sin ritmo, sin gracia, sin fuerzas, sin ánimo, sin esperanza, sin transmitir nada; nada más que desconsuelo. Era la vida. Pude incluso escuchar el terrible vaivén de su respirar ahogada entre susurros. Buscaba y no encontraba aire puro. Era la vida, la vida en moribundo. También lloraba, lloraba amargamente. ¿Dónde está el alma de mis hijos? Preguntó. ¿Por qué a nadie le preocupa mi decadencia? Era la vida, la vida sin presencia. Una sombra desconocida, una mala copia de lo que un día fue y de lo que, por su propia condición, debiera siempre haber sido. La noté hundida, hundida en la miseria, rota por el dolor. Quiso ponerle precio a su dignidad, después, dicen por ahí las malas lenguas, no tuvo para pagarlo: demasiado caro. Era la vida, la vida anquilosada, arruinada.

Finalmente cayó. Su frágil cuerpo no pudo soportar más el peso de su sufrimiento. Cayó redonda al suelo y calló para siempre. Era la vida, la vida que se pierde.

Ya está muerta la vida. La hemos matado entre todos. Muerta por la imagen, por los estereotipos, por las apariencias, por el consumismo. Muerta de un agotamiento existencial causado por la anulación del ser ante el poderío del tener.  Un suicidio.

Si llego a saberlo antes, ni la saludo. Maldita desgracia esa de ser el último en saludar a un muerto. ¿O era solo un fantasma y, en realidad, la vida viva nunca ha existido?

Al menos yo, siendo sincero, no creo haberla conocido. Tal vez solo en sueños. O tal vez ni eso. Tal vez seamos nosotros los que ya nacemos muertos.

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