Reflexiones en torno al amor y la violencia de género

Introducción

Con gran satisfacción pude leer un interesante artículo publicado en Kaosenlared que lleva por título “El mito del amor y sus consecuencias en los vínculos de pareja”.   Su autora viene a decirnos en él, resumidamente, que la actual concepción mayoritaria que se tiene acerca del amor romántico y de la conformación de la pareja en Occidente, es una de las principales causas culturales que sustentan la violencia género, especialmente en tanto que, dentro de la mitología social asociada con el género femenino, la búsqueda del amor romántico se constituye en un elemento central.

Sencillamente, el artículo me pareció magistral, y desde aquí quisiera aprovechar para felicitar a su autora por tan brillante y valiente disertación. Por más cotidiano que nos resulte a todos y todas el tema del amor romántico, rara vez puede encontrar uno personas que sean capaces de pararse a racionalizar lo que este concepto supone en nuestras vidas, así como las diversas maneras que tiene de influirnos, tanto a hombres como a mujeres, en nuestra experiencia cotidiana, en el día a día de nuestro discurrir por este mundo tantas veces miserable y cruel.

El amor no entiende de razones, se dice. El amor es pura pasión, es un sentimiento irracional, se asegura. Como si no hubiese en nuestro entorno un solo elemento cultural que condicione el modo y la forma como concebimos tal sentimiento de manera mayoritaria. Como si no fuese posible pararse a racionalizar aquellos factores socioculturales que lo determinan previamente incluso a ser vivido y sentido por el sujeto occidental. El amor forma parte de la mitología social como si de un extraña fuerza de la naturaleza se tratase, una fuerza que nadie sabe de dónde viene ni a dónde va, pero que todos y todas dicen reconocer cuando los arrastra.

En cambio, pocas cosas hay tan influidas y determinadas por los patrones socio-culturales impuestos desde la publicidad y los medios de comunicación de masas, como el amor. No, el amor no se genera de manera fortuita y espontánea, sin más razón de ser que su propia existencia. El amor no es un ente metafísico que juega caprichosamente con los seres humanos mientras estos no pueden hacer nada para combatirlo una vez aquel llamó a sus puertas. El amor romántico es simplemente una más de las manifestaciones de la cultura occidental, una más de las muchas manifestaciones de ésta que nace, crece y se desarrolla al amparo de la mitología social, los cánones y los estereotipos enraizados en ella y trasmitidos al sujeto a través de la tradición. Nos socializan para amar de una determinada manera, para sentir el amor de una determinada manera y no de otra, igual que nos socializan para vestir de una determinada manera, comer una determinada comida, o rezar a un determinado Dios y no a otro. El amor es tan cultural como puede serlo cualquier otra vivencia social del ser humano.

Acierta también la autora del mencionado artículo cuando, además de analizar el amor desde una perspectiva cultural y antropológica con manifestaciones de corte psicológico, señala el amor romántico como una de las principales razones que sustentan la violencia de género en nuestra actual sociedad occidental. La mitología del amor romántico del que nos habla la autora lleva impresa una serie de características psico-sociales que son en sí mismas una puerta abierta a la violencia.

El amor como posesión, el amor como propiedad privada, el amor como compromiso de fidelidad eterna, el amor como vínculo inquebrantable entre dos amantes que se prometen el uno para el otro hasta que la muerte los separe, el amor, en definitiva, sustentado en la fidelidad sexual y el bucle endógeno como máxima expresión del compromiso mutuo, que es esencia y referencia de la mitología amorosa de occidente, es también base y fundamento de la violencia de género, y aún más allá de ella, de cualquier tipo de violencia que se dé en el interior de una determinada pareja, inclusive las de carácter homosexual entre mujeres. Razonar esta afirmación, como desarrollo y ampliación del artículo citado, será el objetivo de este breve ensayo en adelante. Si bien, no abordaré el hecho desde la perspectiva femenina, tal cual ha hecho de manera prioritaria la autora del artículo nombrado, sino desde una perspectiva global.

Género y violencia de género

Desgraciadamente, por más que el actual gobierno del Estado haya intentado poner en práctica una ley para combatir la lacra social que supone la violencia de género, es prácticamente inexistente el día en que una nueva agresión relacionada con este asunto no sale a la luz. El goteo de asesinatos de mujeres  a manos de sus parejas o ex-parejas es tan constante, que ya prácticamente este tipo de noticias son vistas por los espectadores con toda naturalidad, como si de una plaga inevitable se tratase. Afortunadamente,  las diferentes instituciones han tratado de combatir esta indiferencia mediante una serie de campañas de concienciación social que tienen como objetivo alertar a cada instante de la gravedad del problema, así como de la necesidad de colaboración ciudadana para poder combatirlo con éxito. Poco a poco parecen ir lográndose algunos resultados, al menos desde el punto de vista de la concienciación social.

Si hay algo que ha ayudado a ello, es sin duda el enfoque con el que las instituciones encargadas de combatir el fenómeno han venido enfocando la problemática en los últimos años. De aquella violencia que era llamada “pasional”, hemos pasado a la “violencia de género”, una misma cosa en esencia pero que llamada de una manera o de otra puede inducir al oyente a reflexiones muy distintas. De esta manera, se ha conseguido ampliar el estudio y  análisis del problema hacia una perspectiva que va más allá de la mera aplicación de la violencia física o psicológica por razones pasionales, impulsando la cuestión hacia una perspectiva donde queda reconocida también   la dimensión cultural que sirve como trasfondo al desarrollo de estos graves hechos delictivos. La cultura, se nos dice, tiene un papel fundamental en las agresiones por violencia de género, siendo, tal vez, la razón principal que las fundamenta como tales. La violencia machista es la cara más amarga y dolorosa del patriarcado, la expresión más manifiesta y evidente del sometimiento y anulación de la mujer respecto del hombre todopoderoso.

Es por ello, nos dicen, que si se quiere abarcar de manera efectiva el problema con objeto de darle una solución eficiente, es necesario que la perspectiva legal e institucional que lo aborde se vea atravesada por estos condicionantes culturales, pues de otra manera sería imposible enfrentarse a la problemática en toda su extensión. Las leyes, por tanto, deben no sólo combatir los efectos de la violencia de género en cuanto a tal, sino prevenir sus causas, y estas causas no son otras que las vinculadas con el machismo aún inherente a nuestra actual sociedad. Esta es la idea actualmente predominante.

En el Estado Español, por ejemplo, esta nueva perspectiva ya ha sido puesta en práctica, aunque, como apuntamos antes, sin demasiado éxito por el momento, a juzgar por los datos cada vez más desalentadores. La Ley orgánica 1/2004, de 28 de Diciembre, de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género introduce por primera vez la perspectiva de género como análisis del problema social e incorpora el factor cultural como causa del fenómeno, dejando patente que la violencia de género que contempla y que pretende combatir es una manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres , ejercida sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aún sin convivencia. La Ley 13/2007, de 26 de noviembre, de Medidas de Prevención y Protección Integral contra la Violencia de Género, establece en su artículo 3 el concepto de violencia de género, entendiendo como tal aquella que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre estas por el mero hecho de serlo. Comprende cualquier acto de violencia basada en género que tenga como consecuencia, o que tenga posibilidades de tener como consecuencia, perjuicio o sufrimiento de la salud física, sexual o psicológica de la mujer, incluyendo amenazas de dichos actos, coerción o privaciones arbitrarias de su libertad, tanto si se producen en la vida pública como privada. Y sin embargo, como decimos, desde la puesta en funcionamiento de estas leyes, los resultados no han sido los esperados por el gobierno español, lo cual es, cuando menos, preocupante.

Más allá del género como razón única de la violencia

Sin querer negar en ningún momento la validez de estos planteamientos, sin restarle ni un ápice de importancia al componente machista-cultural, es más, aceptando como absolutamente válida la tesis que relaciona estas relaciones machistas con la raíz del problema, creemos, sin embargo, que el machismo como tal no es la única causa raíz que ha de ser estudiada, analizada e incorporada a la legalidad como responsable esencial del problema. Machismo, por desgracia, existe en otros muchos ámbitos de la vida en sociedad, y sin embargo esto no tiene como consecuencia que los hombres acaben asesinando a las mujeres por las que compiten en el mercado laboral, o con las que se tienen que encontrar en otra multitud de situaciones más o menos conflictivas de la vida cotidiana.

Queremos decir con esto, que la violencia de género con resultado de muerte no se da en todos los ámbitos de las relaciones de género donde existen manifestaciones machistas, sino que se da principal y casi exclusivamente en un marco cultural muy concreto, que es el marco de las relaciones amorosas, el marco de las relaciones de pareja, aunque pueda existir también otro tipo de violencia de género en el marco de esas otras relaciones. Este hecho, lejos de ser visto como algo anecdótico, se debe entender como un factor determinante para poder comprender la naturaleza del problema al que nos enfrentamos.

Tanto la historia, como la antropología, nos enseñan que no en todas las sociedades el amor, las relaciones de parentesco y las relaciones sexuales, han sido o son concebidas de la misma manera. Independientemente de las relaciones de género existentes en una determinada comunidad humana (aunque usualmente asociadas de alguna manera a éstas), el modo de relacionarse amorosa, sexual y reproductivamente de sus miembros, es tan variable a lo largo de la historia como puede serlo en el ámbito de las propias relaciones de género. No existe una ley natural que haga que en todas las sociedades tenga porque darse un mismo modo de relacionarse amorosa y sexualmente los integrantes de esa determinada sociedad, como no existe una ley natural para determinar las relaciones de género. Las relaciones amorosas, sexuales o reproductivas son, al igual que las relaciones de género, parte de la esencia cultural de una determinada sociedad.

La pregunta consecuente que se me ocurre es la siguiente: ¿por qué, entonces, a la hora de analizar la problemática en torno a la violencia de género con resultado de muerte, se da una importancia fundamental a los condicionantes sociales que nacen de las relaciones culturales de género, y, sin embargo, no se hace lo propio con los condicionantes que pudieran también tener su base en las relaciones culturales de amor-sexo?, ¿acaso género y amor son una misma y única cosa culturalmente hablando? No, no lo son. Son conceptos culturalmente diferenciados, aunque acaben por relacionarse estrechamente en un mismo marco socio-antropológico.

Así pues, si aceptamos la idea de que el machismo inherente a la violencia de género con resultado de muerte se da principalmente (y casi exclusivamente) en el marco de las relaciones amoroso-sexuales, no parece tener mucho sentido abarcar el problema cultural que rodea a lo primero (el género) y en cambio no hacer lo mismo con el problema cultural que rodea a lo segundo (el amor), pues probablemente estaremos dejando de lado, como así lo creo, el otro vértice cultural sobre el que se ancla el devenir cotidiano de esta lacra que nos afecta a todos y especialmente a las mujeres. Hace falta profundizar también en esa otra cara de la moneda en la violencia de género que es el amor concebido según unos determinados parámetros culturales determinados.

El amor como propiedad privada

¿Cuál es entonces el estereotipo amoroso que suele haber detrás de las relaciones sentimentales que dan lugar a la violencia de género?

El amor como entidad metafísica, el amor como ideal, el amor como modelo referencial para la búsqueda, el amor como mito del romanticismo pasional, recorre nuestro mundo cognitivo cual idea natural que nace de lo más profundo de nuestro ser, a la cual no es posible poner alternativas. Según estas normas no escritas, estas leyes no impresas, amor es algo parecido a un sentimiento dado entre dos personas que se desean, y que se vinculan en un mutuo compromiso para hacer juntos un plan de futuro, prometiéndose mutua fidelidad eterna. Por eso la mayoría de nosotrxs aspira a encontrar a esa persona con la que compartir su vida, y con la que fundirse en un compromiso de futuro y una pasión desbocada.

Normalmente creemos que el amor se sustenta en la atracción sexual, y que los amantes se buscan entre sí para darse en compromiso mutuo de cuerpo y mente. Intentamos buscar esa persona idealizada que satisfaga nuestros deseos, acercándose en todo lo posible a la persona que previamente hemos diseñado en el laboratorio de nuestros sueños, con una relación que se asemeje lo máximo posible a aquella que previamente habíamos vislumbrado en la luz de nuestros pensamientos.

Creemos ciegamente en el amor romántico que estamos acostumbrados a leer en las novelas rosas y a ver en las películas de Hollywood, en las series de adolescentes de nuestras televisiones, y en la mayoría de las parejas que conocemos, y, por ende, eso buscamos creyendo que tal ideal es la única acepción posible en el mundo de los enamorados, en el ámbito de las relaciones sentimentales entre seres humanos. Vivimos esperanzados en encontrar cualquier  día –o cualquier noche- ese amante que encaje con nuestros sueños, logrando colmar de felicidad nuestros deseos para alegrarnos las vidas. En las revistas y programas del corazón, en las novelas más famosas, en la literatura más clásica, tenemos la demostración de que esos sueños son alcanzables. Elaboramos un patrón imaginario y lo buscamos consciente e inconscientemente.

Pero ese patrón, lejos de ser natural, azaroso o auto-desarrollado, no es más que la reproducción sistemática de un pensamiento cultural previamente interiorizado. Un pensamiento cultural que se basa, como causa principal, en el amor posesivo, en el amor como propiedad privada, es decir, en la mutua fidelidad sexual y en la percepción de que los amantes se poseen mutuamente, tal que si fueran el uno del otro por derecho civil y divino. La pareja es, sexual y amorosamente hablando, para uno/a y sólo para uno/a, no puede ser compartida, ni se puede aceptar la idea de que eso que es posesión de uno/a, pueda estar, aunque sólo sea de manera temporal, en manos de otra persona.

La combinación de la muerte

Existe entonces la creencia irracional de que la pérdida de la posesión sentimental lleva implícita la pérdida de una propiedad privada, la pérdida de una parte de nuestras vidas de la cual depende nuestra felicidad, e incluso la pérdida de una parte de nuestro honor.

Si a ello le sumamos un contexto social donde el hombre, por la propia educación que ha recibido y las propias estructuras sociológicas en las que se desenvuelve desde niño, tiende a ver a la mujer como un ser sumiso y subordinado a sus intereses, la perdida de la pareja, o la simple creencia de que esa posesión sentimental que nos pertenece se ha prestado a estar en otras manos de manera voluntaria, e incluso ha osado a desafiar nuestra autoridad respecto de ella, en tal contexto cultural se acaba por convertir el suceso en una combinación explosiva: la combinación de la muerte, el culmen de la violencia machista.

Es decir, si el hombre se auto-percibe culturalmente como un ser superior a la mujer, y, a la par, entiende también culturalmente la relación amorosa como una relación posesiva, es decir, una relación donde los amantes se poseen mutuamente, finalmente la mujer acabará siendo vista como una posesión del hombre, pues es la propia cultura la que así lo indica: los dos se poseén mutuamente, pero el hombre manda en última instancia.

La relación deja de ser, pues, una relación de doble sentido posesivo, para convertirse en un objeto cuyo dueño es el hombre. Se cosifica psicológicamente el concepto mismo de pareja,  e implícitamente se cosifica a la mujer, pasando ambas “cosas” a ser propiedad privada del hombre que así piensa.

Así, a poco que el hombre perciba de alguna manera (real o ficticia) que este nexo posesivo comienza a romperse, o que está puesto en entredicho, recurrirá a la violencia para “re-direccionar”  la relación por el “camino correcto”: el de la sumisión respecto del que se siente su amo. Los celos, de hecho, suelen ser una de las principales causas de la violencia de género, tanto física como psicológica.

De igual manera, en caso de ruptura de la pareja, o de simple intento de ruptura, cuando lo que antes el hombre veía como una posesión deja de repente de serlo, cuando los derechos de “propiedad” dejan de tener efecto, estas mismas personas suelen no estar lo suficiente capacitadas como para aceptar tal hecho, pues la idea de que la pareja es para uno y sólo para uno “hasta que la muerte los separe” prevalece sobre la razón y la independencia de la otra persona. La violencia es aquí un modo de indicar que no es posible que la mujer abandone el seno de la pareja si no es bajo la aceptación voluntaria del hombre, del amo por excelencia en la relación, del verdadero dueño de la propiedad mutua. La mujer pasa a ser algo así como un bien ganancial de la pareja, cuyo único administrador es el hombre.

Conclusión

Si el hombre es percibido culturalmente como un ser superior a la mujer, y el amor es asimismo percibido culturalmente como una relación de posesión mutua, existe abierta la puerta para una macabra lógica cultural que puede llevar fácilmente a la conclusión sentida y vivida por el hombre de que la mujer es una posesión suya y solo suya. Amor como propiedad privada y patriarcado son entonces las dos caras de una misma manera con trágico resultado: la violencia de género en sus versiones más trágicas y horripilantes.

En consecuencia, si de verdad queremos analizar los condicionantes culturales que se encuentran en la raíz de la violencia de género en sus vertientes más dramáticas, mi opinión es que no sólo debemos centrarnos en el análisis y la concienciación social respecto de los asuntos relacionados con las relaciones de género propiamente dichas, sino que también hemos de abordar una necesaria reflexión acerca del modelo amoroso culturalmente aceptado como mayoritario en la sociedad.

Para combatir esta lacra, pues, no es posible ceder ante los tabús morales de los sujetos más tradicionales. Y no debemos hacerlo, ni en lo que se refiere a la creencia extendida entre algunos hombres de su superior condición respecto de la mujer, ni, por supuesto, en lo que se refiere a la idea de que el amor es ante todo una posesión, una relación de mutua fidelidad sexual inquebrantable entre dos personas. Curiosamente, aunque siguen siendo residuales respecto del problema del maltrato hombre-mujer, se están empezando a dar casos, cada vez con más frecuencia, de violencia sentimental en el interior de las parejas homosexuales, e incluso de ataques por motivos sentimentales de mujeres a hombres. Señal de que la problemática de la violencia en la pareja, aunque mayoritariamente determinada por las cuestiones de género, va más allá de ello.

No queremos decir con esto que las relaciones amorosas tradicionales deban ser modificadas en la mentalidad colectiva (como sí deben serlo necesariamente la relaciones machistas de género), lo que queremos es hacer ver que es necesario concienciar a la gente también de que el amor es mucho más que una relación de posesión entre dos personas, que es mucho más que un mutuo compromiso de fidelidad sexual, y, sobre todo, que no es sinónimo de anulación de la libertad o de los derechos de la persona con la que se comparte la vida en pareja. Concienciar especialmente a aquellas mujeres que hacen del amor romántico tradicional una forma de vida.

El amor es un compromiso mutuo y libre entre personas, no es una posesión mutua. Los amantes no se poseen el uno al otro, los amantes no son el uno para el otro y sólo el uno para el otro, lo amantes son, simplemente, dos seres libres que se unen en libre compromiso. Esto que así leído nos puede parecer tan elemental, es un continuo foco de conflicto en el interior de las parejas tradicionales, que en multitud de ocasiones acaba derivando hacia las trágicas situaciones ya comentadas.

Es, por tanto, la mujer, la que debe tener claro que en ningún momento debería dejarse someter por una relación anclada en la fidelidad sexual, pues en nuestra actual sociedad patriarcal no hay mayor símbolo de dominación y posesión que ésta. Rompan sus cadenas mentales, y romperán también algunas de sus principales cadenas de género en el interior de una relación amorosa.   Simplemente, si eres mujer, no te sometas al yugo de la fidelidad sexual, sé infiel cuando te apetezca y deja claro que así lo serás antes de empezar ningún tipo de relación amorosa, aunque posteriormente jamás llegues a serlo porque simplemente no te apetezca. No sólo es una cuestión de libertad, también podría llegar a ser una cuestión de supervivencia. Aunque para ello, claro está, la mujer primero tendrá que dejar de creer en el mito del amor romántico, tan bien analizado por el artículo que mencionamos al principio de esta reflexión.

En pocas palabras: Someterse a una relación de fidelidad sexual también es un potencial peligro de género. Ninguna mujer debería hacerlo.

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