Sentido y sinsentido: De lo existencial a lo político/económico

Sentido, existencia y búsqueda de sentido

Sentido y existencia son para el ser humano una misma realidad. La búsqueda de sentido es a la existencia psíquica de la especie humana lo que la búsqueda de alimento a su existencia biológico/animal. El ser humano, en su existencial racional, se alimenta de sentido y vive en el mundo, al cual fue arrojado como animal cultural que debe buscar respuestas a sus inevitables preguntas existenciales, gracias a la energía vital que le proporciona el sentido como elemento fundamental de su movimiento y su desarrollo en dicho mundo. El sentido es la gasolina que hacer posible el funcionar del motor que se encuentra en el centro mismo del impulso a todo movimiento existencial humano, en el centro mismo de aquel rasgo de la existencia humana que es más propiamente humano: su existencia cultural, su existencia como ser consciente de su propia existencia, su existencia como animal racional que trata de explicar el mundo que lo envuelve, así como comprender el funcionamiento de su propio mundo intelectual interior.

La búsqueda de sentido es para el ser humano una necesidad existencial. Una necesidad de tal calibre que se presenta ante nuestras vidas como una verdadera obligación: no podemos escapar de ella y no podemos dejar de satisfacerla; incluso aunque quisiéramos hacer lo contrario nos sería imposible. Es la propia experiencia humana la que nos proporciona el sentido, la que nos envuelve en un mundo de sentido que es previo a nuestra existencia subjetiva como seres humanos y del cual no podemos evadirnos. El sentido nos circunscribe y nos caracteriza como seres humanos, nos hace ser lo que somos como sujetos y como especie y nos diferencia del resto de seres existentes sobre la faz de la tierra por igual. Nacemos y el mundo ya es mundo de sentido, la existencia ya es existencia para el sentido, la vida ya es vida en el sentido. El sentido nos precede y nos atrapa en sus redes nada más nacer, a la espera de que nos hagamos conscientes de ello en cuanto los primeros signos de racionalidad ven la luz en nosotros. Nos desarrollamos como seres humanos gracias al sentido que ya existía previamente a nosotros y toda nuestra existencia social y cultural girara en adelante en torno a ese sentido que fue previo a nosotros y que nosotros hicimos nuestro al nacer. Descubrirnos en nuestra individualidad, sabernos separados del resto de lo existente, es, de hecho, el primer gran acto de sentido por el que todo ser humano se descubre a sí mismo como un ser de sentido, un sentido con el que es capaz de trascender desde su propio mundo interior a su existencia como ser social, haciéndose plenamente consciente de ello.

El ser humano es así, tras ese descubrimiento existencial inevitable e inherente a su propia naturaleza que los psicólogos y filósofos han llamado principio de individuación, un ser subjetivo y subjetivado que busca el sentido de su vida, un animal racional que es consciente de su propia existencia como ser social y, por ello, como algo inevitable e inherente a su propia naturaleza también, consciente igualmente de su futura muerte, sabedor de que su existencia en este mundo tiene inevitablemente fecha de caducidad en tanto que ser biológico e individualizado, un final que es el paso desde el tiempo y el espacio, en el que ahora nos ubicamos como seres existenciales subjetivados, a lo desconocido, al no-tiempo y no-espacio: a la nada. La muerte escapa al sentido del ser humano porque es en sí misma falta de sentido: sinsentido. Es el paso de la posibilidad de sentido al total sinsentido, el viaje final de la existencia humana por el camino que nos lleva desde lo individual concreto, por donde caminamos, a lo vacío indeterminado, donde no hay camino ni puede haberlo porque solo es posible identificarlo con la nada: esto es, lo que precede/sucede al “algo”, al “ser”, donde el ser no existe, donde solo puede haber “no ser”. La muerte si es algo es precisamente no-ser; es nada: es muerte. Es el único hecho que podemos dar por cierto sobre la muerte: que no sabemos lo que es, por tanto, no es. La muerte es para nosotros la nada, el no-ser, el vacío existencial, el sinsentido absoluto.

El sinsentido y la sensación de muerte

La búsqueda de sentido es, por ello mismo, la acción existencial con la que el ser humano convierte su existencia consciente en una existencia con sentido, escapando así del sinsentido, de la consciencia de la nada. El ser humano es consciente de su propia muerte, ergo, de la existencia de la nada: de la existencia del vacío existencial, del sinsentido. Vivir con sentido es para el ser humano lo contrario a la muerte. Vivir sinsentido es vivir en la nada, en la muerte. El sujeto teme al sinsentido como teme a la muerte porque ambas realidades le son contrarias a la vida, al ser. El sinsentido y la muerte son expresiones de un mismo conocimiento existencial: el conocimiento de la nada. El temor al sinsentido es temor a una existencia sin ser, vacía, similar a la consciencia que tenemos del hecho de nuestra propia muerte. El sinsentido también es entonces una cuestión de sentido, una expresión de sentido: una expresión del sentido perdido o del sentido buscado que no se logra encontrar, pero sentido al fin. Ello lo diferencia de la muerte: no es sinsentido absoluto, es sinsentido-sobre-sentido. Pero su vivencia es tan angustiosa y desesperante que el que así lo experimenta, sobre todo cuando alcanza niveles elevados, tiende a desear la muerte: prefiere la nada absoluta a la vivencia de la nada, la muerte real a la vida vivida como expresión de la muerte.

La experiencia humana es, frente a ello, una fuente constante de sentido para la vida del sujeto, una cantera inagotable de aprendizajes que suministra, o al menos lo intenta, los recursos mentales necesarios como para poder vivir en constante huida de esa amenazadora sensación de muerte y vivencia de la nada que se esconde tras el sinsentido existencial, frente a la cual todo ser humano se hunde en la desesperación y el vacío. Pero hasta en esos momentos donde el sinsentido se hace presente en la mente del sujeto, el sentido reina y preside nuestra existencia como elemento por excelencia de la misma. La existencia humana es siempre una cuestión de sentido. La lucha contra el sinsentido es, de hecho, un equivalente terminológico con el que definir la búsqueda de sentido, otra manera de llamar a lo que en esencia es lo mismo: la lucha del sujeto por huir de esa sensación de vacío que el ser humano enfrenta cada vez que es consciente de la existencia de la nada, cada vez que se queda sin referentes de sentido que le ayuden a dar respuesta a sus preguntas más íntimas, a sus inquietudes existenciales más profundas, a su necesidad de vivir con sentido, que lo ayude a vivir caminando sobre un mundo sólido que tiene la forma de un algo y no sobre la incertidumbre existencial que supone para todo ser humano orbitar su existencia en torno a la nada como centro de su realidad subjetiva y espiritual, de su caminar por el mundo realmente existente. Ese algo es a menudo un algo prestablecido: una respuesta de sentido que es interiorizada por el sujeto como si de una verdad absoluta se tratase y frente a la cual no cabe duda alguna.

El ser humano construye sentido en el mundo, da sentido con sus respuestas existenciales y sus códigos culturales a lo que en sí mismo sería, en todo aquello que excede al ámbito cultural humano, tan solo mundo sinsentido. El sujeto vuelca sus propias respuestas e interpretaciones de sentido sobre el resto de entes que existen en el mundo y con ello se construye su propio mundo de sentido. Simboliza sus propias respuestas de sentido en elementos, naturales o culturales, que se sitúan fuera de su mundo intelectual interior, les otorga significado y los convierte en respaldo existencial de su propia necesidad de sentido. Construye complejos sistemas culturales, basados en el lenguaje y la significación, que hacen del conjunto del mundo conocido un mundo con sentido y que, además, permiten situar lo desconocido dentro de tales coordenadas de sentido, arrancándolo así de la nada; del sinsentido. Todo lo que gira en torno al ser humano, sea conocido o desconocido, adquiere así, al menos, una posibilidad de sentido, sino directamente un sentido. Todo lo humano se circunscribe de sentido, se hace inteligible, se presenta ante la experiencia de las futuras generaciones como algo que tiene o puede tener un sentido, una explicación, un algo. Incluida la propia muerte.

La muerte como algo, arrancada de su expresión existencial como nada, de su lógica natural como máxima expresión del sinsentido, como sinsentido absoluto, se materializa en el mundo a través de las diferentes explicaciones e interpretaciones, con sentido, que los seres humanos le han ido dando a través de la historia vinculadas a las creencias religiosas y/o filosóficas de las diferentes culturas existentes. Unas explicaciones que han estado en la base misma de todo código de sentido existente como fundamento sobre el cual anclar el resto del marco existencial que el sujeto hace propio al nacer, crecer, ser consciente de su individualidad y desarrollarse intelectualmente en esa determinada cultura. La muerte deja así de ser la máxima expresión de la nada y se convierte en expresión del sentido de la vida, deja de ser nada para convertirse en algo, y un algo fundamental para el sentido de la vida que las personas han de experimentar a lo largo de su existencia, en un camino por la vida que ya no conduce hacia lo desconocido, hacia el vacío, hacia la nada, hacia el no ser, hacia el sinsentido absoluto, sino hacia un algo concreto y determinado, sea el paraíso o el infierno, sea la reencarnación, sea la fusión con la verdadera naturaleza inmaterial de todo lo existente, sea la conversión en energía que se reincorpora al mundo natural del cual provenía inicialmente, o sea lo que sea. Ya no es nada, ya no es desconocimiento absoluto, ya no es vacío y sinsentido, ya es un algo, es creencia en un algo que se asume como real, como verdaderamente algo.

Ello sirve al sujeto para explicar el hecho mismo de su vida en relación directa al hecho futuro e inevitable de su muerte. Lo ayuda a escapar de la sensación de vacío existencial y del temor a la nada que es en sí mismo el temor a la muerte, y lo posiciona en el mundo conforme a una estructura de sentido absoluta donde hasta la muerte escapa al sinsentido y a la nada, donde hasta lo que por conocimiento real no es, por sentido agregado ahora también es. El ser humano huye así intelectualmente del sinsentido y de la nada como físicamente huye del hambre buscando y tomando alimento. Todo lo real es para él racional, todo lo que existe tiene un sentido, nada es ya una nada absoluta, siquiera la muerte, que se torna real y que adquiere una existencia tan certera como la vida misma, dejando de ser muerte y pasando a formar parte de la vida misma. La búsqueda de sentido puede entonces ser plena y con posibilidad de estar en todo momento satisfecha, proporcionando al sujeto la necesaria seguridad y estabilidad existencial que le permita escapar al sinsentido y a la nada, a la sensación de muerte, al temor a lo desconocido absoluto: a la desesperación existencial, al sentimiento de vacío y a la carencia de respuestas vitales satisfactorias. El ser humano tiene con ello un camino de sentido que es absoluto, total, desde el momento mismo de su nacimiento hasta el hecho inevitable de su muerte. Toda la existencia humana es así existencia sobre un sentido capaz de explicarla como tal.

Hermernéuticas de sentido y relaciones de poder

Los seres humanos interiorizan estos códigos de sentido, capaces de explicar y dar sentido a toda su existencia a lo largo de toda su vida, de manera irracional y acrítica, haciéndose presentes en ellos antes incluso de que las preguntas existenciales más propiamente humanas se puedan formular de manera racional. Cuando las preguntas aparecen, las respuestas ya están dadas: están insertas en la propia vida de la persona, en su capacidad para interpretar el mundo que lo rodea y su propia existencia, en sus marcos de interpretación mentales desde los cuales irán paulatinamente dotando de significaciones a lo que la experiencia les ponga en su camino existencial. El sentido es previo al sujeto no solo porque esté ya en el mundo cuando el sujeto es arrojado a él como ser sediento de conocimientos y de respuestas sobre el funcionamiento del mundo y de su propia vida, sino también, de forma más subjetivada, porque el sujeto es capaz de dar sentido al mundo antes incluso de que las preguntas de sentido se hagan presentes en él, condicionado por su aprendizaje temprano de un lenguaje y unos códigos simbólicos que son construcciones de sentido institucionalizadas previamente a su existencia concreta como ser humano y que, con su uso igualmente temprano, ya reproducen unos significados y una forma de ver el mundo, con sentido, que el sujeto ha hecho suya y que en adelante le servirá para la interpretación de su propio devenir en ese mundo que nunca dejará de nutrirlo de esos mismos significados y sentidos.

La experiencia por vivir reforzará aquellos aprendizajes tempranos, permitiendo que el sentido que en ellos se encerraba se haga presente cotidianamente. Entre esos aprendizajes se encontrará ya la creencia –o creencias, en caso de ser una sociedad pluralista a este respecto- que esa sociedad tenga en relación a la existencia de la muerte como un algo, así como los códigos éticos y morales y demás elementos de valoración social que sean propios de esa sociedad en cuestión. El sujeto hallará el sentido de su vida en la combinación sistemática de todos esos elementos de sentido, y su aferrarse a ellos le permitirá escapar del sinsentido, al menos mientras le sean satisfactorios. Será así también como el sujeto quede integrado en su sociedad como un miembro más de la misma, que respeta, reproduce y legitima lo que tal sociedad considera importante para su normal funcionamiento, aquello que no solo da sentido a la vida de los sujetos, sino al funcionamiento mismo de la sociedad. Los códigos de sentido que son propios de una determinada sociedad cumplen una función de cara al proceso de socialización de los sujetos que la componen, pero también son expresión de la identidad de esa sociedad. La sociedad, como conjunto, también adquiere un sentido a través de ellos, un sentido que el sujeto interioriza como fundamento de su vida en esa sociedad y desde el cual poder sentirse parte integrante de la misma, así como representado en ella y por ella. Eso también es sentido de la vida, también es cuestión inherente al sentido.

Los códigos de sentido que el ser humano ha utilizado y utiliza para dar respuestas a aquellas preguntas de la existencia humana que han atormentado nuestra existencia desde nuestros mismos orígenes como seres conscientes de tal existencia, y específicamente a la pregunta sobre la muerte, también han servido para vertebrar y unir sociedades en torno a unos mismos marcos de interpretación de la vida: a unos mismos valores culturales y a una misma forma de entender la vida en esa sociedad. Han servido, pues, para legitimar la existencia de tales sociedades y garantizar que los valores que le son propios, aquellos que son respetados y compartidos por el global de la comunidad humana que la conforma, se transmitan de una generación a otra, garantizándose así la propia supervivencia de esa sociedad y sus valores inherentes.

Lo que la sociedad es, lo que en ella se da a nivel de relaciones sociales, lo que sus instituciones culturales representan históricamente, va inserto en esos códigos de sentido que los sujetos de tal sociedad interiorizan de forma irracional y acrítica. La sociedad en sí misma es una macro-expresión de sentido: de su propio sentido histórico desarrollado día a día en las vivencias y prácticas cotidianas, acordes a los códigos de sentido dominantes, de sus individuos. La cuestión de sentido es, de esta manera, una cuestión que va más allá de lo religioso y/o filosófico: es un hecho político de primera magnitud.

El sentido de la vida, la forma en que los diferentes sujetos de una sociedad tienen de vivirlo y experimentarlo cotidianamente dentro de ella, es inseparable del funcionamiento político de esa sociedad en cuestión. Como es también, por la misma razón, un hecho económico. La estructura económica de una sociedad es inseparable de la forma que esa sociedad tiene de entender su sentido histórico, así como de la forma que los sujetos que la componen tienen de entender las cuestiones de sentido dentro de ella. El sujeto reproduce una vida con sentido que es acorde a lo que la sociedad es a nivel político y económico, encontrando sentido a su vida en relación a lo que tanto desde lo político como de lo económico se le demanda como sujeto. De lo contrario sería imposible que tal sociedad encontrase forma de vertebrarse y legitimarse históricamente sin estar permanentemente puesta en duda, en su normal funcionamiento, por los diferentes sujetos que la conforman.

Lo religioso, lo político, lo económico, lo moral, todo debe formar parte de una misma estructura social, vertebrada y legitimada por las prácticas cotidianas de los individuos que en ella actúan, y esa estructura toma vida intelectualmente en la mente de los sujetos, como globalidad, a través de los códigos de sentido que la rigen. Los códigos de sentido, pues, no solo sirven para dar respuestas a las peguntas del ser humano sobre aquellos aspectos más inquietantes de su propia existencia: la muerte, la finalidad de la vida, la diferencia entre lo que es verdaderamente importante para la vida y lo que es secundario, etc., sino que sirven también para fusionar al sujeto con la estructura social que lo envuelve, para garantizar el normal funcionamiento de tal estructura social, para integrar al individuo en un mismo marco de referentes y acciones de sentido que hagan posible la supervivencia misma de la estructura social, tal cual sea en un determinado momento histórico. O, lo que viene a ser lo mismo, los códigos de sentido son, a una misma vez, guardianes del orden social y garantes del sometimiento del individuo al sistema social establecido.

De lo existencial a lo político/económico

La reflexión en torno al sentido de la vida no es entonces una simple cuestión de filosofía existencial. Aunque es cierto que debemos partir de tales cuestiones filosófico/existenciales para poder comprender todo lo que las cuestiones de sentido implican en el funcionamiento cotidiano de la vida de un determinado ser humano, que, como tal, es siempre un ser social, también lo es que no se puede separar lo existencial de lo sociológico, ni lo filosófico de lo político, ni lo religioso de lo económico. Reflexionar sobre el sentido de la vida es a una misma vez una reflexión filosófica, política y económica. Lo moral, lo religioso; lo existencial, es también, siempre lo ha sido, una cuestión política y económica, que nos hace posible reflexionar sobre la naturaleza del poder político y económico que se ejerce en una determinada sociedad, así como la forma que sus diferentes individuos tienen de relacionarse los unos con los otros desde lo político y lo económico.

Reflexionar sobre el sentido de la vida, consecuentemente, nos lleva a reflexionar sobre las relaciones de clase que se dan en una sociedad histórica concreta. Las cuestiones de sentido de la vida no son, ni nunca han sido, ajenas a la lucha de clases. Es más, si en lo material la lucha de clases es, según el marxismo, motor de la historia, en lo inmaterial lo es la cuestión de sentido. Las cuestiones de sentido tienen la capacidad de hacer cambiar la sociedad desde unos modelos sociales a otros, generando verdaderos cambios cuantitativos en la misma, de igual manera que la evolución en el desarrollo de los modos de producción es capaz de generar tales cambios desde la base material que sustenta la sociedad. De hecho, ambos elementos están irremediablemente unidos. Los cambios en los modos de producción generan cambios en los códigos de sentido imperantes y los cambios en los códigos de sentido imperantes generan cambios en los modos de producción, al menos en la relación de los diferentes individuos y clases sociales con tales modos de producción. La revolución, el cambio social desde unos sistemas políticos y económicos a otros, es también una cuestión de sentido de la vida.

Por ello, reducir toda la reflexión sobre las cuestiones de sentido a temas meramente existenciales ciertamente es posible, pero, sin duda alguna, es del todo insuficiente y, sobre todo, inaceptable. Las cuestiones existenciales cobran verdadero sentido, valga la redundancia, cuando se abordan desde lo político y lo económico como complemento necesario a lo puramente existencial. Es ahí, además, donde lo existencial se convierte en algo más que interpretación del mundo, entrando de lleno en el ámbito de aquello que puede ayudar a transformarlo. Lo existencial no solo es teoría, también es, debe ser, praxis. De hecho, de todo lo que es, es lo que verdaderamente lo caracteriza: sentido y existencia no son otra cosa que prácticas sociales y vivencias cotidianas; la forma con la que cada sujeto tiene de insertarse en el mundo y vivir conforme a un sentido, sentido que se expresa, precisamente, a través de esas prácticas y esas vivencias, y no en la teoría que lo sustente como dogma religioso, filosófico o moral. Sentido de la vida es acción existencial, es movimiento práctico en el camino de la vida. Y puede ser, al final, lo que cada cual quiera que sea, porque es cada cual el que mueve los hilos de su propia vida.

Reflexionar sobre el sentido de la vida es también reflexionar sobre los mecanismos sociales y psicológicos que harán posible la revolución hacia otro modelo de sociedad diferente al actual, hacia el socialismo.

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