Soledad, consuelo y amor

1

¡Ay amigo!, ando desesperado, busco el amor de mi vida y no lo encuentro. Por más que busco, no lo encuentro. Tengo mala suerte con las mujeres, siempre se me escurren entre las manos cuando parece que al fin las tengo donde quiero.

¡Ay compañero! Yo conozco a una mujer a la que no tendrás que intentar atrapar, pues siempre es ella la que te atrapa: es una mujer que todo lo abarca. Sus caricias son como un dulce veneno que a pequeñas dosis hace delirar a tu pensamiento y a grandes dosis puede llegar a paralizarte el corazón. Sus susurros son la sabiduría de los siglos hecha momento. Su cuerpo es capaz de amoldarse al gusto de cada uno de sus amantes: se adapta a ti, lo mismo a hombres que a mujeres. Es, sin duda, pese a tener incontables amantes, el más fiel de los seres. No nació y no morirá. No ríe, ni llora. No cumple años, no envejece. No pide salud ni teme a la enfermedad. No come, no duerme, no bebe, sólo observa. Y al mirarte con sus ojos infinitos te hace sentir el reflejo de tu propia mirada.

¡Eso no es una mujer, eso es silencio!, le replicó el compañero enfurecido.

No, no es el silencio, es la soledad que todos llevamos dentro. Eres tú y tus noches en vela pensando en ese amor que te atormenta, amor que por más que buscas no encuentras. Eres tú y tus llantos desconsolados que surgen desde lo más profundo de tu alma por ese dolor que te oprime el pecho, el mismo que ahora estás sintiendo. Eres tú y son tus temores. Eres tú y son tus silencios. Pero no es el silencio, compañero.

¡Pero entonces no es ninguna mujer, amigo!

¡Ah, no entendiste nada!, ¡no has querido entender nada!, compañero.

¿Y qué debía entender, amigo?

Pues que eso que llamas silencio, y que yo llamo soledad, eres tú y es el objeto de tu deseo, de tu amor.  Es la repuesta a tu búsqueda, es la satisfacción a tus necesidades, es quien puede templar tus nervios y sacarte de tu desesperación existencial, es el impulso a tus más profundas pasiones, es el refugio de tus más profundos temores. Porque tú no buscas una mujer, tú buscas un consuelo, compañero.

¡Que no amigo, no me líes! Ninguna mujer merece que se la compare con el silencio. En todo caso será como los ángeles del cielo, un ser sin sexo.

¡Ya veo que estás peleado con ella!, ¿no es cierto?

¿Y si buscara un hombre, amigo, seguirías pensando lo mismo?

¡Pues claro!, te diría exactamente lo mismo, compañero. Porque tú no buscas amor, tú  buscas consuelo. Y nadie mejor para consolarse a uno mismo que uno mismo. Nada mejor para eso que el silencio que cubre a uno en su soledad. Nada ni nadie para ello mejor que la soledad. La soledad y el flujo de tus pensamientos. Pero si estás peleado con ella…

Eso es cierto, amigo, eso es cierto. Si no me quiero yo mismo, ¿a quién voy a poder querer?, ¿y a quién podría exigirle que me quiera? No busco amor, busco consuelo.

Ahora entonces, que tú mismo lo has expuesto, ya puedes ir a dialogar con tu soledad, compañero, a hablar con tu silencio. El amor por uno mismo, el de verdad, el que te encuentra antes de que tú lo puedas buscar, te llegará a tiempo.

¡Ah sí! El consuelo.

Ese mismo compañero, ese mismo.

2

¿Y el otro, amigo?, el amor de verdad, ¿me llegará?

Primero tendrás que desearlo, compañero. Hasta ahora nunca lo has hecho. Hasta ahora solo buscaste consuelo. Será porque estabas más necesitado de lo segundo que de lo primero. Por eso esas mujeres de las que hablabas se te escapaban de entre las manos. Ninguna de ellas merecía eso. Tú lo dijiste antes, ninguna mujer merece ser comparada con el silencio, mucho menos tratada con la misma finalidad con la que se podría tratar a la soledad de uno.

¡Así que al final la respuesta estaba en mí mismo!, ¿no, amigo?

Claro, compañero. En tu silencio, en tu soledad, en tu propio consuelo. Eso es lo cierto.

Pero al final ha sido tú el que la hizo aflorar, no el silencio. ¿No es eso contradictorio con todo lo que me estabas diciendo hasta ahora?

No, por supuesto que no, compañero.

3

¿No?, ¿cómo no?

Pues porque si buscabas consuelo, compañero, no es posible que encontraras amor, porque el amor y el consuelo no se entienden bien entre sí. No al menos el consuelo que tú buscas, ese descanso y alivio de tu pena, de esa molestia, esa fatiga que te aflige y oprime el ánimo. El amor es otra cosa. Es exaltación del ánimo, es gozo, es placer emocional que remueve las entrañas y hace acelerar el corazón con tan solo mirar al ser amado, es justo, pues, lo que uno nunca podrá encontrar si lo que busca es consuelo, porque el consuelo es todo lo contrario a eso.

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¿Y que podía encontrar entonces, amigo? Sigues sin responder a mi pregunta, ¿si has sido tú el que me ha hecho llegar a todas esas conclusiones y no el silencio, no es eso contradictorio con todo lo que habías dicho hasta entonces?

Primero. Tal vez podías encontrar a quien, como tú, busque consuelo, pero no amor. Si esas mujeres de las que hablaste buscaban amor, y tú buscabas consuelo, era imposible que os entendierais. Porque el alma que busca consuelo es como el papel que envuelve a la piedra, o la tijera que corta al papel, es un anulador del amor. Segundo. Yo solo le he puesto palabras a lo que tu experiencia debería haberte enseñado. Pero estabas peleado con tu soledad, eras enemigo de tu propio silencio, compañero.

6

¡Ay amigo, ahora lo entiendo de verdad!: No hay que confundir jamás la búsqueda del amor con la búsqueda del consuelo.

Ni el miedo a la soledad con el deseo de amor, compañero.  Que al final es eso, el miedo a la soledad, lo que lleva a uno a buscar consuelo en los demás, aunque el consuelo se debería saber encontrar en uno mismo, y si no es así poco puede uno esperar encontrarlo en los demás. Además, nadie, sea hombre o mujer, si lo que busca es amor, se merece eso.

¿Y si busca consuelo?

Pues entonces lo que no merece es amor. Amor con amor se compra, amor con amor se paga. Y nada más, compañero. Nada más… y nada menos.

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