Sospecha y apariencia en la sociedad consumista/capitalista: “Socialismo o teatro”

Apariencia*: 

  1. lat. apparentĭa).
  2. 1.Aspecto o parecer exterior de alguien o algo.
  3. 2.Verosimilitud, probabilidad.
  4. 3.Cosa que parece y no es.
  5. 4.En el teatro, escena pintada sobre lienzo o representada con actores y muñecos, oculta por una cortina que se descorre en cierto momento de la representación.

Sospecha*: 

1. f. Acción y efecto de sospechar.

Sospechar*: 

  1. lat. suspectāre).
  2. 1.Aprehender o imaginar algo por conjeturas fundadas en apariencias o visos de verdad.
  3. 2.Desconfiar, dudar, recelar de alguien. Era u. t. c. tr.

*(R.A.E.) 

De la sociedad de las apariencias a la sociedad de la sospecha

La sociedad de las apariencias es esa sociedad donde el aspecto o el parecer exterior de alguien o algo adquieren una importancia primordial como fuente de valoración social, como paradigma central que articula en torno a sí a todo un conjunto de significaciones y referencias simbólicas que sirven tanto para dar sentido a la vida de las personas, como para estructurar jerárquicamente la sociedad.

Es esa sociedad, además, donde los estímulos existenciales que mueven los deseos y las aspiraciones de los sujetos, aquellos sobre los que éstos articulan sus proyectos vitales, no se sostienen en la práctica sobre hechos realmente existentes en la cotidianeidad existencial de cada cual, sino en la creación y recreación de narrativas mitológicas cuyos contenidos adquieren un carácter casi onírico. Dicho de otro modo, donde los ideales que las personas perciben como modelos a seguir se generan en la existencia de historias de vida, reales o ficticias, que asumen la probabilidad de que un acontecimiento se dé como posible en la vida futura del sujeto en base a la existencia de tal modelo, real o ficticio, en la vida de otros sujetos conocidos por la persona, dándole con ello al modelo, a esos deseos y aspiraciones personales, el carácter de una verdadera hermenéutica de sentido, y de la cual asume finalmente su teórica verosimilitud.

Es igualmente así la sociedad donde prima la estética moral frente a cualquier otro tipo de razonamiento o práctica moral, donde lo importante es aquello que puede ser mostrado y percibido “a-primera-vista”, y no aquello que verdaderamente se es. Es la sociedad del “tanto tienes, tanto vales”, la sociedad donde lo que importa socialmente es lo que se tiene o lo que se hace creer que se tiene, frente a aquello que de verdad se es, pues “lo-que-se-es” acaba siendo, de facto,  aquello que “se-hace-ver-que-se-es”, aquello que aparentemente se hace ver que se es mediante lo que se tiene o lo que se hace creer que se tiene o se puede tener.

Es la sociedad donde la literatura, el cine, el teatro, son sustituidos por la vida misma, donde el sujeto ya no siente la necesidad de recrear mentalmente las historias que pueden ser contadas a través de cualquiera de estos tipos de arte, porque la vida misma es la que ha asumido un carácter literario, cinematográfico, teatral. Solo aquellas historias que hablen de la vida, que asuman el papel de representaciones alegóricas de la vida, tienen validez existencial.

No obstante, frente a todo ello, y precisamente por todo ello, la sociedad de las apariencias es también la sociedad donde los seres humanos asumen el rol de aquellos actores que desarrollan su particular obra de teatro tras una cortina que oculta en parte al público lo que va aconteciendo en el discurrir de la representación teatral, una cortina que debe ser descorrida en algún momento concreto de dicha representación, para que tanto los actores como la representación misma queden al descubierto y la verdad pueda ser percibida en su totalidad.

La sociedad de las apariencias, porque se basa en las apariencias, es igualmente la sociedad de la sospecha, aquella sociedad, convertida en obra de arte en constante proceso de creación y recreación creativa, donde la verdad como aletheia adquiere su máxima precisión, donde el deseo de hacer patente lo latente es algo más que una mera intención filosófica, es una necesidad vital, una exigencia intelectual ineludible.

Donde hay apariencia, se hace necesaria la sospecha. Donde hay sospecha, podrá haber desocultación. Donde haya desocultación, habrá verdad. Solo es cuestión de encontrar los mecanismos necesarios que nos permitan encontrarla, desenmascarando la falsa realidad que recubre la apariencia como si fuese la única y verdadera realidad existente.

La vida en el teatro de las apariencias: el poder de lo estético

Vivimos en una sociedad donde lo que prevalece en el campo de la moralidad son los valores estéticos, frente a una absoluta desaparición de los valores éticos, lo que conduce a una asimilación acrítica de los valores establecidos como dominantes y hegemónicos, e impide una reflexión profunda sobre el origen histórico, social, cultural y, en definitiva, ideológico de éstos, con el consecuente efecto social que ello conlleva, que no es otro que la sumisión mayoritaria de las masas trabajadoras ante las injusticias del sistema, y el consecuente adormecimiento generalizado que impide verdaderos procesos de cambio revolucionario. Esa es la verdad que ha de ser desenmascarada, que ha de ser desvelada, que ha de ser puesta en conocimiento general, mediante el uso de la filosofía y la reflexión analítica como acción que mueve a la sospecha.

El término “estético” hace referencia aquí, desde una perspectiva moral, a lo aparente, a lo que entra por los ojos, a aquello que gusta a primera vista, a aquello que se hace o se dice para satisfacer las normas sociales establecidas, para evitar las suspicacias de nuestros conciudadanos. Los valores estéticos son aquellos valores que la gente trata de reproducir cotidianamente de cara a satisfacer las exigencias morales de la sociedad donde se ubica, sin más consideración que el aparentar un modo de vida adecuado a las normas sociales imperantes, independientemente de si estas normas tienen connotaciones éticas o no.

Somos lo que hacemos. No somos lo que pensamos, ni lo que sentimos, ni lo que imaginamos, por el simple hecho de pensarlo, sentirlo o imaginarlo. No somos lo que aprendimos por el simple hecho de haberlo aprendido, no somos lo que hemos vivido por el simple hecho de haberlo vivido, no somos lo que hemos experimentado por el simple hecho de haberlo experimentado, somos única y exclusivamente aquello que hacemos. Obras son amores y no buenas razones. Lo aprendido, lo vivido, lo experimentado, nos constituyen y nos identifican como seres existenciales, como sujetos arrojados a la existencia que han discurrido por el tiempo llenando su original vacío existencial a base de experiencias y vivencias, pero son nuestros actos los que nos hacen ser lo que somos en cada momento concreto de nuestras vidas. Representamos nuestro papel en esta gran obra de teatro que es la vida en la sociedad de las apariencias y eso es, finalmente, lo que somos, pues no hay forma de escapar del escenario en el que se desarrolla la obra, ni de la atenta mirada del público que la contempla que, a su vez, curiosa y significativa circunstancia, es también parte de la obra.

Somos como ese actor que se identifica tanto con el personaje que ha de representar en su actuación teatral que acaba siendo incapaz de diferenciar, mientras actúa, al actor de la persona, a la persona del actor, acabando por convertirse, en el contexto de la obra, en el personaje que está representando, más allá de lo que pueda ser como persona fuera de ese contexto teatral. Con ello la persona, en tanto que actor, pierde su autenticidad como persona capaz de tener una vida propia más allá de lo que le exige el guion que debe representar en la obra teatral, pero gana una identidad y una vida con sentido dentro del marco hermenéutico que supone la obra misma, con su escenario, su guion, su público y sus múltiples personajes –que son a su vez dicho público-.

Con su trama, su desarrollo y su desenlace, es la obra la que da sentido a la vida del actor, no es la vida del actor, fuera de la obra, la que da sentido al personaje, y mucho menos la que da sentido a la obra de la que debe ser partícipe, como si la obra pudiera existir más allá de los límites de su constante, continua y cotidiana representación. Ya no hay vida, solo hay obra. Ya no hay ser, solo apariencia. Ya no hay ética, solo estética. Es el poder de lo estético frente a lo ético, es la renuncia a vivir una vida que no sea la vida del personaje que la sociedad ha hecho de nosotros, es el triunfo de la vida como un mar de apariencias que deben ser desenmascaradas.

Tras la cortina, la ideología

Que el público y los actores sean a la vez una misma realidad, que el actor sea a la vez personaje que se representa a sí mismo y público que observa atento la actuación de los demás personajes, quienes, a su vez, sirven de público que observa su representación como personaje que hace de sí mismo, es lo más característico de esta sociedad de las apariencias convertida en obra teatral.

Cada personaje hace de sí mismo y sirve a la vez como cortina que tapa, de cara al público que lo observa, su actuación en la obra. De igual forma, cuando ejerce de público ante la actuación del resto de los personajes, éstos se constituyen como cortina que tapan tales actuaciones ante los ojos del personaje/público que esa persona es frente a los actos de los demás.

La obra transcurre así en todo momento ocultando el más importante de sus contenidos argumentales: la ideología de clase que le proporciona el guion a seguir, el contenido real que los actores se ven obligados a representar para que su actuación en el marco de tal obra cobre un sentido y pueda ser entendida ante los ojos de los demás actores/espectadores que lo acompañan en la representación cotidiana de dicha obra.

La ideología consumista/capitalista es el guion que mueve las actuaciones de todos y cada uno de los diferentes personajes/espectadores que participan en la recreación de la obra: el teatro consumista/capitalista. La sociedad de las apariencias se resume finalmente en ello.

Los actores han interiorizado previamente toda una serie de códigos sociales y culturales que emanan de las exigencias propias de la infraestructura económica que sostiene y hace funcionar la sociedad consumista/capitalista, y son esos códigos sociales y culturales los que, por sí mismos, una vez son puestos en práctica por los diferentes personajes/espectadores, constituyen el guion de la obra a representar. Para entender el contenido de la obra es necesario previamente ser capaz de haber podido comprender los significados compartidos en el marco hermenéutico que el consumismo/capitalismo, como dador de sentido para la vida de las personas, proporciona a la obra en forma de guion, esto es, haber tenido previamente que aprender a respetar las órdenes que la infraestructura económica consumista/capitalista da a la actuación de los diferentes personajes/espectadores que participan en ella. El capitalismo es el director.

La infraestructura económica del capitalismo demanda a los actores una serie de comportamientos subjetivos que harán posible el normal funcionar de tal infraestructura, y será allí donde la trama teatral cobre todo su sentido. La hermenéutica consumista/capitalista, si la analizamos desde un punto de vista individual, sirve para dotar de sentido a la vida de las personas, pero, por ello mismo, si la analizamos desde un punto de vista global, sirve también para dotar de sentido al conjunto de la obra teatral en la que el capitalismo ha convertido a la sociedad, a esa sociedad de las apariencias de la que venimos hablando.

Es aquí donde la filosofía de la sospecha debe incidir para tratar de que, en cualquier momento, la cortina de la ideología pueda ser corrida, y los personajes/espectadores puedan ver con toda claridad a qué clase de intereses de clase, valga la redundancia, están sirviendo con su actuación cotidiana en esta gran obra teatral que es la sociedad consumista/capitalista.

La sumisión como exigencia fundamental del guion teatral

No obstante, no es tarea fácil conseguir que la cortina ideológica pueda ser corrida de una vez y para siempre. El propio guion impone la sumisión como exigencia fundamental de la representación teatral. El actor/espectador debe someterse en todo momento a las órdenes que emanan del director y su capacidad creativa debe ser reducida a la mínima expresión. En esta obra no existe el mínimo espacio para la improvisación.

El director dispone para ello de multitud de mecanismos destinados a que sea el propio actor quien, motu proprio, renuncie a su creatividad existencial y abrace la doctrina oficial que viene inserta en el guion como único camino posible para la interpretación de su propia vida. La publicidad, los medios de comunicación, el sistema de enseñanza, etc., se encargarán, ya desde los primeros años de vida del sujeto, de que así sea para toda la vida.

Las narrativas que constituyen y dan forma a la mitología consumista/capitalista, aquella de la cual el sujeto debe aprehender las claves interpretativas que le van a permitir desarrollar su papel como actor/espectador en sintonía con la actuación/interpretación del resto de los actores/espectadores, vienen insertas en estos ámbitos mediáticos y educativos, que son parte fundamental, elementos constituyentes y constitutivos, del sentido general de la obra teatral.

Al sujeto se le educa y se le socializa para que aprenda a comportarse como el actor/espectador que el director capitalista necesita para el normal funcionamiento de la obra consumista/capitalista, obedeciendo en todo momento las órdenes que emanan de las necesidades impuestas a la obra por dicho director, y aceptando la sumisión a tales órdenes como la principal y más importante exigencia del guion que ha de representar.

Las conductas rebeldes son rápidamente reprendidas por los propios actores/espectadores que acompañan al sujeto que osa llevar a cabo tales conductas, así como por los diferentes mecanismos de coacción y represión que el director tiene al alcance de su mano (políticos, jueces, policías, militares, periodistas, etc.) para que no haya nada en la representación de la obra que escape de su control. Esto es, además, lo primero que el actor/espectador deben aprehender y, en consecuencia, aprender, durante los primeros años de su vida, antes incluso de que pueda ser capaz de comprender racionalmente tal hecho.

Cambio de escenario y fin de la función: socialismo o teatro 

Finalmente, todo lo anterior canaliza en una última reflexión: es necesario generar un cambio de escenario y poner fin a la función consumista/capitalista. Si bien es cierto que todo lo dicho incide en la idea de que el capitalismo es un sistema económico que ha sido capaz de blindarse fuertemente, ya desde lo ideológico y lo superestructural, frente a los ataques revolucionarios, no lo es menos que no es un sistema sin grietas por las que poder incidir para llevar a cabo su quiebra y ruptura como sistema hegemónico dominante.

Tanto por las injusticias sociales que genera, como por el desencanto cada vez mayor que produce en la vida de un número igualmente cada vez más elevado de personas, el teatro consumista/capitalista se sostiene sobre unos pilares también cada vez más debilitados. Si a sus relaciones de explotación se le suman las dudas, en cuanto a cuestiones de sentido, que asoman en la mente de muchos de esos actores/espectadores que sostienen y dan forma a la representación teatral, un horizonte de claro carácter revolucionario se puede estar abriendo ante nuestros ojos en estos mismos momentos históricos.

Así, todo lo dicho en los apartados anteriores muestra que no es posible creer en aquello de que serán los cambios a nivel individual, en la mente de los sujetos por separado, los que generarán proceso revolucionario alguno, tal y como muchas teorías, más propias del idealismo ramplón o la metafísica religiosa, que del materialismo dialéctico, se empeñan en argumentar. Muy al contrario, tales cambios no serán posibles si antes no se ha producido un cambio en la infraestructura económica de la sociedad.

Los sujetos que deban hacer la revolución socialista no la harán porque hayan desarrollado una conciencia socialista plena o se hayan evadido por completo de los condicionantes socio/culturales y psico/sociales que son propios del consumismo/capitalismo antes de hacer tal revolución, sino porque, partiendo de éstos, habrán sido capaces de rebelarse frente a ellos e impulsar un cambio en el modelo económico (y, en consecuencia, político) que rige la sociedad. Es aquí  donde la filosofía de la sospecha se convierte definitivamente en un elemento revolucionario. Desenmascarando el verdadero funcionamiento del sistema capitalista, tanto en sus aspectos materiales, como en sus aspectos ideológicos, se está contribuyendo decididamente a avanzar en la lucha revolucionaria, en girar hacia el socialismo.

Como bien dijo Marx, “El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino al contrario: es su ser social el que determina su conciencia”. En una sociedad socialista el sentido de la vida, aquel que el sujeto se debe forjar al amparo de la realidad social que lo envuelve, deberá ser necesariamente un sistema de valores fundamentado en la empatía y la solidaridad, en la búsqueda de la emancipación como principal y más importante elemento de sentido para la vida. Solo así se podrá poner fin definitivamente a la función de la obra teatral consumista/capitalista. Mientras tal hecho no se dé, incluso en situaciones de gobiernos revolucionarios, esta se seguirá desarrollando.

No lo digo yo, es lo que Marx nos enseñó con su materialismo dialéctico, lo que Gramsci desarrolló con su teoría de la hegemonía y, en definitiva, el gran reto que los revolucionarios de la actualidad tenemos por delante: el poder hacerlo realidad algún día en el mayor número de países posibles.

Socialismo o teatro (dramático teatro).

One Response to "Sospecha y apariencia en la sociedad consumista/capitalista: “Socialismo o teatro”"

  1. Pingback: Sube la luz y el precio de los medicamentos re-pagados. Bajan los salarios y la calidad de vida | Lejos del tiempo

Leave a Reply

Your email address will not be published.